CABRUTA  al lado del  fabuloso     Río ORINOCO

Una forma práctica y sencilla de averiguar donde queda el centro de gravedad de una superficie
determinadade bordes irregulares (por ejemplo, el mapa de un país) consiste en recortar dicho
mapa en una cartulina y suspenderlo de un punto en el borde con un alfiler, de manera que gire libremente
hasta que el peso de lacartulina la haga adoptar una posición vertical.

Después, con una pequeña plomada también suspendida del alfiler, procederemos a dibujar la vertical
en la cartulina. Haremos lo mismo con otros puntos también ubicados en lugares distintos del borde del
mapa y todas las líneas verticales coincidirán en torno a un punto que será el centro de gravedad del
territorio de dicho país.

Hecho esto con el mapa de Venezuela obtendríamos como resultado un punto en los alrededores de
Cabruta. Desde luego, no tomaríamos en consideración la Zona en Reclamación.

Cabruta es una población del municipio Las Mercedes, en Venezuela, ubicada en el extremo sur del
estado Guárico junto al río Orinoco. Su posición es estratégica, a casi 20 km aguas abajo de la
desembocadura del río Apure en el Orinoco, en el punto donde este gran río toma la dirección oeste-este
y en el centro geográfico del territorio venezolano, razón por la cual se pensó hace algunas décadas en
crear en esta zona una nueva capital de Venezuela ya que Caracas, lo mismo que pasó con
Río de Janeiro en 1957 (cuando se trasladó la capitalidad del Brasil a Brasilia), se ha convertido
en una metrópoli excesivamente congestionada.
Camatagua
Foto de una
playa cerca
de
Cabruta,
desde la
chalana
El Orinoco en Cabruta.  Se ve una curiara
La ciudad de Caicara, luego de atravesar el rí­o
Bastante más aguas abajo, a la altura de Ciudad Bolivar, el puente
Angostura. Mucho más cómodo que en la chalana.   
Foto Adolfo Pardo
La chalana cargada de vehículos
y una foto a nuestra camioneta
en la chalana. Uti y Shannna
Uti Acampando
Tres ultimas fotos: Adolfo Pardo
DE CARACAS A CAICARA

Ayer, Domingo, tuvimos la suerte de atravesar El Orinoco.
Salimos de Caracas a eso de las cuatro de la tarde del Sábado y pusimos rumbo hacia Valencia. Muchísimo antes,
apenas cuando estábamos empezando a acostumbrarnos a la comodidad engañosa de la autopista, tuvimos que
desviarnos a la izquierda hacia Charallave.

Pasamos por delante de la Fábrica de Pinturas Pinco Pittsburgh con sus amplios jardines y seguimos hacia Cúa. Ya
en ese momento nos estábamos dando cuenta de lo agradable que es manejar por caminos que no son autopista.
La carretera entre Cúa y San Casimiro está llena de curvas, ranchitos, caseríos es estrecha y bordeada por
montañas verdes por las que da ganas de ponerse a caminar.

San Casimiro. . . al pasar no pudimos evitar el pensar en que valdría la pena ampliamente volver algún día para
dedicarse únicamente a conocerlo. La Iglesia es preciosa. Todavía no entiendo del todo por qué no nos detuvimos
para caminar por esas callecitas… la noche estaba cerca ya. Vamos a volver.

Una hora más tarde, ya completamente de noche, viajábamos pensando seriamente en buscar un lugar en donde
acampar; cuando sorpresivamente, a nuestra izquierda vimos, un poco a lo lejos, dos enormes, increíblemente
enormes antenas, brillantemente iluminadas, redondas, blancas, preciosas ambas, como manos esperando recibir
algo del cielo.

Enfilamos la camioneta hacia las antenas, no nos atrevíamos a ir demasiado rápido... nos fuimos poco a poco
acercando sobrecogidos por la inmensidad de esos círculos tan blancos y por ese ruido tan especial que rodeaba
todo el ambiente

—¿Nos dejarán verlas de cerca? -Nos preguntamos entre atrevidos y curiosos. Decidimos abandonar por un
momento la camioneta y acercarnos a pie hasta la oficina que se encuentra situada antes de las antenas como para
impedir que uno pueda acercarse demasiado a ellas, el guardián, sumamente amable, no sólo nos dejó pasar.... en
realidad hasta nos sugirió que entrásemos… Cuánto valió la pena.

Es difícil caminar por entre las tres antenas -ya para ese entonces habíamos descubierto que eran tres- sin sentirse
empequeñecido. Es, diría yo, imposible caminar debajo de esas increíbles construcciones sin sentirse forzado a
hablar en voz baja, como con miedo a lo desconocido......

Detrás de las antenas, para suerte nuestra, apareció la luna llena...... La sensación entonces fue perfecta. Cada
uno de nosotros, sin hablar, comenzó a imaginarse que de alguna manera, estas antenas estaban comunicándose
con el espacio extraterrestre..... y sentimos, los tres, un escalofrío.

Decidimos entonces hacer una locura y acampar ahí mismo, ahí, debajo de las antenas. Pedimos permiso y......
FABULOSO!, nos lo dieron. En nuestra bitácora de viaje anotamos: “Primera noche del viaje: CAMATAGUA .

Cuando más tarde nos arropamos para la noche, después de apagar la luz de la camioneta y nos dijimos “hasta
mañana”, nos quedamos, estoy seguro, un buen rato sin dormir imaginándonos un millón de cosas.

Al día siguiente, muy temprano, despacito como para no romper el encanto, guardamos nuestros sacos de dormir y
decidimos ir a desayunar a otra parte.. Hacerlo ahí nos hubiera parecido demasiado mundano. Al guardián le
prometimos volver, nos dio Su nombre, le estrechamos la mano y le dijimos que lo envidiábamos por trabajar en ese
maravilloso lugar...... él no pareció muy convencido.... pero nosotros no quisimos darnos cuenta de eso.

Nuestra siguiente parada fue El Sombrero. ¿Qué sé yo cómo nos imaginábamos nosotros que podía ser un lugar
con ese nombre....?

Paramos en la bomba de gasolina en la cual obligadamente teníamos que dar una vuelta en “u” , llenamos el
tanque, tomamos un jugo de naranja, compramos unas revistas y nos lanzamos a, creíamos nosotros, la parte más
emocionante del viaje. En realidad no lo fue. El trayecto entre El Sombrero y Chaguaramas es abiertamente
aburrido… plano, soso y sin gracia. Felizmente todavía no hacía demasiado calor.

Al llegar a Chaguaramas, hicimos un giro de 90 grados a la derecha y pusimos la proa directamente hacia Cabruta,
es decir directamente hacia El Orinoco.
El mapa indica que el camino entre Chaguaramas y Cabruta es prácticamente recto... pues realmente es así. No me
atrevería a asegurarlo, pero creo que hasta llegar allá, no hicimos una sola vuelta… y son más de 200 planos
kilómetros...

Cuando por fin uno ve el consabido letrero de “Bienvenidos a Cabruta”, pone en duda la exactitud del mapa, porque
no se ve nada de agua... uno entra en el pueblo, rueda por una, dos, tres callecitas, pasa delante de una placita, da
la vuelta a una esquina y allí está.............

Sereno... quieto... amplio… majestuoso... enorme........... tuvimos que parar la camioneta y bajarnos sin hablar para
mirarlo directamente, cara a cara... esto no era una fotografía ni una línea azul en el mapa, ni una descripción en
una guía turística... esto era real, silencioso y verdadero.., estábamos parados en la orilla del  Río ORINOCO

Pusimos la camioneta en una chalana, y junto con nosotros una abigarrada cantidad de gente, camionetas,
camiones, automóviles, hasta dos motocicletas y un caballo, con todo y montura... y lentamente comenzamos a
navegar hacia Caicara del Orinoco.
La travesía tarda muchísimo más de lo que nos habíamos imaginado.., estuvimos flotando en esa chalana más de
una hora... y debajo de nosotros agua y agua, parecía un mar, es verdaderamente impresionante.

No deja de parecerle a uno una especie de falta de respeto para con el río pero, creo que no es así. En realidad El
Orinoco ni se entera de que algo tan pequeño esté pasando por apenas la superficie de su monstruoso caudal... en
realidad el río es infinitamente más que lo que uno está viendo en ese momento. Debajo de los pies, por debajo de
la frágil chalana, se le siente poderoso, inteligente, fortísimo pero condescendiente... noble.

Con la sensación de que El Orinoco ni se había dado cuenta de que habíamos flotado ligerísimamente encima de
su oscura piel, llegamos al otra orilla... Caicara.

La chalana bajó su rampa con ese característico ruido de las cadenas mezclado con el de todos los vehículos
arrancando nerviosamente al mismo tiempo. Tocó tierra y el primer camión arrancó rápidamente y se adentró en el
camino que se introduce hacia el sur. Lo envidiamos de estar ya rodando y fuimos viendo como desordenadamente
iban saliendo uno a uno los distintos camiones y autos... Nosotros nos ubicamos dentro de la camioneta,
arrancamos el motor, y cuando nos pareció que era nuestro turno, salimos cuidadosamente a través de la rampa
metálica hacia la orilla de arena y. piedras.

El Orinoco quedó momentáneamente detrás. Entonces, internamente nos alegramos al saber que, para regresar a
Caracas tendríamos, necesariamente, que volver a atravesarlo y que podríamos una vez más, sentirlo así, sereno
aunque alerta, dócil aunque impredecible, musculoso y tenso debajo de nosotros.

Adolfo Pardo  Caracas—Venezuela
2 de Octubre de 1985