Huarochirí
Esta es una anécdota real, sucedió en el Perú
y los nombres son absolutamente reales.


En verdad de la fecha no estoy totalmente seguro. Fue aproximadamente
en 1970. Ya pasaron casi cuarenta largos años de la aventura y la recuerdo
casi como si fuese ayer…

Yo estaba en ese tiempo trabajando en Aerolíneas Peruanas, APSA. Tenía
a mi cargo la Sub-Gerencia de Publicidad a nivel de Sistema, es decir que
abarcaba todos los países de la ruta. Yo era entonces pues el SGPS, según
las siglas que habían sido creadas por el SG, (Secretario General), señor
Güerinoni. El SGVS (ventas) era Alberto Thiessen y el SGTS (tráfico) era
Federico Meinel.

Federico y yo nos hicimos amigos. Antes de empezar a narrar la aventura
quisiera mencionar que él tenía una costumbre que siempre me llamó la
atención y que recuerdo claramente: Solamente usaba corbatas y calcetines
blancos, nunca lo vi con una corbata o calcetines de otro color que no fuese
blanco.

Bien, a lo que iba: Relativamente cerca de Lima, en la sierra, y como una
provincia de la capital, hay una ciudad llamada Huarochirí. No era muy
conocida y tampoco era muy visitada. Dudo que, en ese entonces, alguien
tuviese la idea de ir allá por turismo. La Capital de Huarochirí es Matucana,
bastante más conocida por tenerse acceso a ella a través de la Carretera
Central. Pero para llegar al propio Huarochirí había que tomar una carretera,
de tierra afirmada en esa época, saliendo por Cieneguilla. Probablemente
ahora siga siendo igual.

Debo reconocer que la idea fue de Federico:
-¿No te gustaría conocer Huarochirí?  Está cerca de Lima y podemos ir y
regresar el mismo día… en tu Volkswagen podríamos llegar sin problemas.

Lo decidimos, saldríamos un sábado de mi casa. Vivíamos en ese
entonces en Monterrico; él dejaría su carro e iríamos en el mío. A las 5am
ya estaba en la puerta, tomamos un café, sin siquiera sentarnos, y nos
fuimos.

Casi saliendo de Cieneguilla vimos una pareja de jóvenes, sin duda
extranjeros por sus cabellos rubios y sus mochilas, que estaban pidiendo
viaje, haciendo auto stop con sus dedos pulgares señalando el camino
hacia delante con movimientos balanceados que trataban de ser
convincentes y lo fueron. Nos detuvimos para descubrir que eran franceses.
Federico y yo hablábamos entonces un fluído Francés. Estupendo… los
recogimos.

Ella se llamada Danielle, he perdido en mi memoria el nombre de él.
Danielle venía de Carcassonne, en el sur de Francia. Nos contó que era una
ciudad amurallada, de la época medieval y que  valdría la pena conocer.
Nos prometimos ir alguna vez. Por cierto yo visité Carcassonne casi
cuarenta años después y debo reconocer que sí que valía la pena.

Viajamos despacio, charlando y disfrutando hasta llegar, recuerdo bien, a un
punto alto en la carretera desde el cual se divisaba a lo lejos, mucho más
abajo, la ciudad de Huarochirí. Emocionante. Descubrimos sin embargo en
ese momento que nos habíamos gastado bastante más que medio tanque
de gasolina.  No hay problema, tenemos suficiente gasolina para bajar. Allá
llenamos el tanque y regresamos a Lima.

La carretera desde ahí se nos hizo larguísima. Va uno bajando y bajando
con curvas cerradas de pura tierra y muy poco a poco se va uno acercando
a la ciudad que siempre parece cerca y que sin embargo se diría que nunca
llega… siempre falta un tramo interminable con más y más curvas y
barrancos no muy profundos, es verdad, a veces a la derecha y a veces a
la izquierda.

Por fin llegamos. Danielle y su pareja iban a un convento que les habían
recomendado para alojarse sin costo.

-Nosotros los llevaremos allá, les dijimos, pero antes vamos a poner
gasolina.

El tanque estaba ya en “reserva”. El Volkswagen tenía una palanquita
metálica que se accionaba dándole un cuarto de vuelta a la derecha con la
punta del pie para pasar del tanque de gasolina normal al de reserva, y ya
estábamos en el de reserva.

-¿Dónde hay un grifo? -preguntamos al llegar.
-No señor, en Huarochirí no hay grifo.
-¿Y dónde podemos comprar gasolina?
-Bueno, mañana llega un camión de Lima que trae un barril con gasolina.
-¿Y no hay ninguna otra posibilidad?
-No señor, pero ya mañana podrán llenar su tanque, no se preocupen.

¿Qué hacemos? -nos preguntamos Federico y yo. -Pues nada, pasamos la
noche acá y nos regresamos mañana. Vamos a llamar por teléfono a
nuestras casas para avisarles que nos quedaremos acá.

-No señor en Huarochiri no hay teléfono.
-¿Qué?  ¿Podemos poner un telegrama?
-No señor, en Huarochirí no hay servicio de telegrama. Pero no se
preocupen, mañana llega la gasolina, como a las diez y podrán regresar.

¿Qué hacemos? -nos preguntamos Federico y yo. Danielle intervino y nos
sugirió ir a pedir alojamiento en el convento junto con ellos.

-Sí, está bien, pero en Lima nuestras familias nos están esperando para hoy
mismo, no para mañana. –Dijimos con verdadera angustia. -¿Qué
hacemos? ¿No hay manera de comunicarse con Lima? ¿Por radio?
-No señor, en Huarochirí no hay radio.

Bueno, al convento fuimos. Nos alojaron sin problemas, los caballeros en
un cuarto y Danielle en otro. Espartanos los cuartos, pero limpios… y gratis.

Al día siguiente, temprano, nos levantamos, nos pusimos, Federico y yo, la
misma ropa y pasamos al enorme comedor, con una sola larguísima mesa
de madera sólida y muchas sillas alrededor; para desayunar.

Luego de haber comido quaker, leche, pan andino y huevos, nos apeteció
cantar y nos pusimos a cantar, curas, hermanos y nosotros cuatro.

Estábamos en pleno cantar, pensando a lo lejos que a eso de las diez
llenaríamos nuestro tanque para regresar, cuando se abrió violentamente la
puerta del comedor y apareció en el quicio, un poco a contra luz, la figura
de un hombre con las manos en la cintura. Estaba cubierto de polvo de pies
a cabeza lo que le daba un aspecto más o menos fantasmagórico…

-¿Saben ustedes lo que está pasando en Lima?  ¿Saben ustedes la
tragedia que se está viviendo allá?  ¿Y ustedes acá cantando felices? -Nos
increpó a gritos.

Se produjo un silencio total en la mesa, después de la algarabía de los
cantos y de los gritos del personaje, el silencio era total. El padre superior
estaba empezando a levantarse para ir hacia la puerta, cuando me levanté
yo antes y dije:

-Papá.  ¿Qué haces tú acá por Dios?

El Padre superior, se le acercó y lo hizo pasar. Todos estaban en silencio y
nadie se atrevía a seguir comiendo. Todos lo miraban. Papá explicó
exaltado que habían pasado una noche espantosa en Lima, suponiendo lo
peor. La esposa de Federico contactó a su hermano que tenía a su vez
contacto con un piloto y pidieron una avioneta para sobrevolar la zona y
buscarnos en cuanto amaneciese.

Papá y mi hermano Jaime decidieron salir, ellos por su cuenta, a buscarnos
en la carretera. Salieron de Lima muy temprano en la madrugada hacia
Huarochirí. Cada vez que podían paraban en el camino a preguntar si
habían visto pasar un Volkswagen blanco el día anterior. Todos decían que
sí.

Fueron acercándose a Huarochirí lo más rápido posible, siempre mirando
temerosos en los barrancos pensando en qué momento encontrarían un
carro volcado, con las ruedas para arriba y dos cadáveres regados por
ahí… pero nada.

Nos contaron entonces que, en plena bajada, a ellos también se les acabó
la gasolina. Los últimos kilómetros tuvieron que hacerlos a pie, cortando las
curvas y casi rodando por el cerro hasta llegar abajo sudorosos y cubiertos
íntegramente de polvo húmedo. Preguntaron por un Volkswagen blanco y
les dijeron que sí, que estaba en el Convento… el resto ya lo conté antes !
Papá, ya más tranquilo, quiso poner gasolina… y quiso, él también, llamar a
Lima para avisar que estábamos vivos y bien…

Seguramente ahora, cuarenta años después, ya hay teléfonos en
Huarochiri, además seguramente ya hay gasolina, turistas, celulares y hasta
Internet… Sin embargo, realmente, no sé si es mejor así !


                                                                            Adolfo Pardo
                                                                            Caracas, 19sep08