| El álbum de fotos de cuero.
Como si quisiese volver a cantar una canción que antes yo cantaba y que desde hacía mucho tiempo no traía a mi memoria, así me senté en la silla larga de madera, la misma de entonces y abrí con ternura el álbum de fotografías, ese con tapas de cuero negro y esquineros metálicos... Me volvió a llamar la atención que las fotos de entonces tenían un borde blanco y que los filos estaban cortados como una sierra. Las cuatro esquinas estaban metidas en unos esquineritos negros. Esas fotografías eran mejores. Se adecuaban mucho más a un álbum de verdad. Volví a verme en la cuna con ese gesto horrible que tanto gustaba a mamá. Luego haciendo muecas en mi triciclo, y volví a verme cuando papá trataba de montarme en el perro, Siempre que veo esa foto debo sonreír triste al recordar, me contaban, que inmediatamente después de la foto el perro mordió a papá... Voy una a una pasando as páginas de cartulina negra. Entre página y página hay un papel de seda labrado, con las esquinas un poco dobladas de tanto pasarlas. De tanto ver las fotografías. De tanto recordar lo de antes. Me veo en la puerta de la primera casa, apoyado al marco con uno de mis primeros cigarrillos entre los labios y los brazos cruzados con esa sonrisita burlona que tanto molestaba a mamá y que a mí me parecía tan irresistible... Luego me veo sentado en el capó de un convertible. No hay nadie más en la foto. Recuerdo bien que al momento de tomármela yo pensaba que quizá alguien alguna vez creería que el auto era mío. Luego con mi primer smoking al entrar a la fiesta de fin de curso con el mundo por delante y sin barreras, con la mano izquierda en el bolsillo del anchísimo pantalón y, una vez más con esa sonrisita, ahora un poco más madura... Dos páginas más adelante, en una esquina, la fotografía de ella, recuerdo hasta el vestido que tenía cuando me la dio, en plena calle, a la salida de misa un domingo en la mañana. Para mí fue casi como casarme. Ella vuelve a mirarme desde la foto, tímida y sonriente a la vez. Cuántas veces me ha mirado ya desde esa misma fotografía. Cuántas veces la saqué de la carterita de cuero para verla y hablarle y hacer planes. Un poco más allá, ella bailando conmigo en la fiesta de Carnaval. La única a la que fuimos juntos. Y yo con ese estúpido disfraz y mi estúpida sonrisita y la copa en la mano al mismo tiempo... vuelvo a sonreírme ahora. Luego la foto de nuestro matrimonio, tan dulce ella, tan serio yo, como a punto de enfrentar mis responsabilidades. Después cortando la torta, ella y yo al mismo tiempo y ambos mirando la cámara. Recuerdo claramente lo que sentí en ese momento. Es más, recuerdo que al tomar esa fotografía me vi a mí mismo viéndola en un álbum... en este álbum. Lo que no sabía es que hubiese podido entre tanto pasar tanto tiempo, tanta vida... y tanta muerte. Después está en el álbum esa foto que nos tomaron apoyados en la barandita del puente en el hotel donde fuimos a pasar unos días, tan abrazados. Yo con mi nuevo bigote y mi sonrisita. Ella tristona, no sabía yo entonces por qué. Después, en el álbum quedan tres páginas sin fotos. Nunca nadie lo terminó. Ya nadie se ocupó de quedarse en la mesa del comedor escogiendo y pegando fotos hasta tarde en la noche mientras yo dormitaba sin zapatos en el sillón de la sala. Las tres últimas páginas quedaron en blanco. O más bien en negro. Adolfo Pardo 15 Julio 1989 |