| Inmaculados los Recuerdos
Primera Parte Corrían los inicios del año 1946, cuando la vida me arrebató a mi padre un 14 de Abril, en ese entonces yo estudiaba en el Maristas San Isidro, del cual recuerdo al Hermano Telésforo, aquel que cuando hacías alguna diablura te levantaba del asiento o del suelo agarrándote de la patilla. Todavía mantengo amistad cercana con algunos de mis compañeros del San Isidro, como: Sacio, Grieve, Santoro, Gargurevich, Vilela, Moya, Puigros, Alfonso de Los Heros, Hans Frank, Laos y bueno, muchos otros. Igual que Fernando Pacheco en el Champagnat, yo en el San Isidro aprendí las artes marciales callejeras y quien sabe si eso no era el inicio del “full contatac”, valía todo, menos quedar como cobarde. Me viene a la memoria como si fuese ayer, el 1º de Abril de 1947, cuando por primera vez esperaba la góndola del colegio de la Inmaculada, en la esquina de Choquehuanca y Las Amazonas, en pleno Bosque del Olivar. Pasé a la Inmaculada por pedido expreso de mi abuela, María Flórez de Durand. Llegamos al colegio y la góndola nos dejó en la Colmena, me di con una mole de ladrillo rojo, escalinatas de cemento en el frontis y las tres puertas de fierro forjado pintadas de verde, la Iglesia en la esquina de la derecha. Era la primera vez que pisaba el colegio, tan diferente al San Isidro. Seguí a un grupo que más o menos tendría mi misma edad. En el hall de azulejos valencianos de la entrada vi por primera vez el cuadro de la Virgen Inmaculada, también en azulejos, en la pared y leí esa frase que llevamos todos tan grabada dentro: BAJO TU MANTO SAGRADO MI MADRE AQUÍ ME DEJO. Entrando a este hall, sobre la derecha estaba la oficina de la portería, al frente la Librería, atendida por el Hermano Sebastián. Avanzando y sobre la derecha, estaban las salas de recibo de visitas de la parroquia y una entrada a la Iglesia desde adentro del colegio, por ahí estaba la escalera para el coro. Al frente estaba la entrada a la clausura. El hall terminaba en los mismos tres arcos de la entrada del colegio. Pasando estos arcos estaba el patio sevillano, con su pileta en el centro, bordeada con reja de fierro negro y baranda de bronce, a ambos lados las escalinatas en mármol blanco con barandas también de fierro negro y el pasamano de bronce siempre impecablemente pulido que llevaban al Paraninfo en el segundo piso. Entrando y a ambos lados, estaban: a la derecha el patio de los de 5º y 4º de media y a la izquierda, el patio de los de 3º y 2º de media. Siguiendo a los demás pasé por el famoso túnel, la primera oficina de la derecha era del Padre Prefecto, la siguiente oficina la del Rector, al frente sus respectivas salas donde los papás generalmente recibían alguna noticia no muy agradable del comportamiento de su hijo. Luego estaba Tesorería y al frente el cuarto del Padre Espiritual de media. Había dos pasillos que daban acceso a los patios de recreo de los de 5º, 4º, 3º y 2º, con los servicios higiénicos de los profesores. El patio de 5º y 4º tenía por el lado izquierdo la pared de la Iglesia, en la esquina y junto a las clase de 5º estaban los servicios higiénicos, entre este baño y la iglesia estaba el famoso CALLEJON donde se realizaban las trompeaderas a escondidas de los curas, o por lo menos, eso creíamos. Regresando al “túnel”, este se ampliaba y pegado a la pared de la izquierda estaba el célebre estante del Hermano Santos García, alias “Pajarote”, con su frase: HECHOS NO PALABRAS. El cual, alguna vez los de 5º de media metieron al baño de profesores. El patio de 3º y 2º de media colindaba con el comedor y la cocina del colegio, dominios del Hermano Uribe. Entre las clases y el comedor había un pasadizo que comunicaba con el patio principal y en esa esquina había una escalera para el segundo piso. Cuando llegué al final del túnel, ese túnel que cada 28 de Julio lo hacíamos retumbar con la banda de guerra, a punta de trompetas, y redobles de tambores, con su puerta en forma de arco hecha de fierro y pintada de negro, era la entrada al patio grande. Si se estaba parado en la escalinata de esta puerta y se miraba alrededor, se veían las ventanas de las clases de ángulos de fierro, sus puertas de madera color oscuro, un pasadizo de unos dos metros de ancho que bordeaba todo el perímetro de las clases y al lado externo del pasillo cada cierto tramo las columnas redondas de cemento sin pulir, una escalón y se bajaba al patio. En esas fechas el piso del patio era de ladrillo, algunos muy gastados, donde los que cursábamos los primeros años de primaria hacíamos los hoyos para jugar ñocos con las canicas, hacíamos bailar los trompos o jugamos con los boleros. En este patio estaba la famosa cancha roja, escenario de los partidos de la selección de Basket del colegio. Si nos parábamos en el arco de entrada estaba al frente y a la izquierda. Atrás de ella, estaban las salas de reuniones de la Congregación Mariana. Todavía no teníamos piscina. A la izquierda de estas salas estaban los garajes de las góndolas y la maestranza. Entrando al patio principal, al fondo a la derecha y junto a la escalera que llevaba al segundo piso estaba el kiosco del “Gordo”, ahí donde comprábamos las butifarras, el pan con palta, el chancay con queso o con palta o con mortadela, la cocada, el majarblanquillo o el camotillo, los alfajores de maicena y de bebidas: la Pasteurina o Coca-Cola. También, los riquísimos chocolates Sublimes de D’Onofrio (cómo han cambiado!). Entre el salón de 1º de media y junto a la escalera para el segundo piso, al lado del pasillo hacia el comedor, estaba la oficina del Padre Espiritual de primaria, en ese entonces Ricardo Durand y como ayudante el Hermano Ricardo Ferro. Todavía me acuerdo que estaba vestido de luto riguroso, salvo la camisa blanca, todas las demás prendas que yo llevaba puestas eran negras. Incluso el maletín de cuero donde iban los libros y cuadernos. Me sentía perdido y sin saber a donde ir. Apareció a mi lado un cura muy alto, por lo menos así me pareció porque después de que salió del colegio nunca más lo volví a ver, era el padre Arana, después me enteraría de que era el padre Prefecto del colegio y lo que eso significaba. Me vio desorientado y me preguntó: ¿tu primer día en el colegio?, sí, respondí, ¿cómo te llamas?, le di mi nombre y él respondió: ah!, el sobrino de Ricardo, ven sígueme y me llevó a mi salón de clases. Era el año 1947 y entraba a 2º de primaria, le correspondía el segundo salón empezando de la última escalera del fondo, por la zona de los talleres y garajes. El Sub Prefecto era, si mal no recuerdo, el Hermano Arias, el que bautizaba a las promociones poniéndole el nombre del santo Jesuita que sería su patrono. La 56, esa fue mi primera promoción todavía no tenía patrono asignado. El primer salón le correspondía a 1º de primaria y que sería la promoción perdida. Me explico, los que entramos el año 46 al colegio hicimos 6º de primaria, ese año quitaron el sexto y unieron a la promoción 56 y 57 en 6º grado. Tenía tres secciones, los que reprobaron y no pasaron a 1º de media, volvieron a hacer 5º de primaria y se unieron a los que originalmente iban a ser la promoción 58, ahora convertida en la 57. En el segundo piso, encima de las clases de 5º y 4º de media, estaban los salones talleres donde se enseñaba física y química. En la parte central estaba el Paraninfo o Salón de Actos, escenario de las principales actividades del colegio, como la repartición de premios de final de año y las interpretaciones teatrales de los alumnos de media. Encima de los salones de 3º y 2º media había una gran sala, que se convertiría en la sala de entretenimiento de los Congregantes Marianos, con sus mesas de billar y de ping pong, sala de lectura y una pequeña biblioteca con las biografías de los santos jesuitas. Sobre las clases de 1º de media y primaria había salones para diversos usos. En esos salones se clasificaban las estampillas destinadas a las misiones del Japón o se contaba el dinero recolectado para las Obras Pontificias Misionales en el mes de Octubre, hucha por hucha, de promoción por promoción. Algún año también sirvieron de salón de clases, la promoción 55, por ejemplo, tuvo su aula en el segundo piso. En los extremos estaban las escaleras para la azotea. Sobre el comedor, la cocina y el frontis del colegio estaban las habitaciones de los jesuitas, la famosa clausura, donde nos estaba prohibido ingresar. Sobre el Paraninfo estaba la Torre con su reloj de cuatro caras y su sala de máquinas que lo hacía funcionar, las 24 horas del día, los 365 días del año. Allá por el año 50, cuando el padre Tito Otero fue nombrado Prefecto, él asfaltó el piso de los patios del colegio, deshizo la sala de los Congregantes Marianos que estaba detrás de la cancha roja, la cual pasó al segundo piso, encima de las clases de 3º y 2º de media. En su lugar apareció una cancha de fulbito con piso de losetas, atrás de la cancha y también asfaltada estaba la cancha de sofball y por último, apareció la piscina. La entrada de las góndolas pasó a ser por la calle Cañete y los alumnos se bajaban y subían en el patio principal. Se puso el mástil de la bandera y el kiosco del Gordo quedó al lado de la nueva cancha de fulbito. También había una carpintería que estaba a la izquierda de la entrada de la piscina. Más o menos así recuerdo al colegio. En la segunda parte, trataré de describir con un poco más de detalle, ciertos ambientes que tuvieron un mayor significado en el desarrollo de nuestras vidas dentro del colegio. Gregorio Durand |
| Recuerdos escritos por Gregorio Durand Malatesta revisados por Eduardo Orbegoso Baraybar. |