LA AMISTAD QUE SE PEGO CON UN PUÑETE           
Gregorio Durand Malatesta                                                                      



Allá por los años cincuentaitantos, cuando todavía íbamos al colegio de la colmena en el Expreso o en el Tacna Trípoli,
otros llegaban en el tranvía desde la Punta.

Las famosas Góndolas administradas por el Hno. Arándiga, pintadas de azul marino y una franja celeste debajo de las ventanas con el nombre del colegio y que hacían sus recorridos por todos los distritos de Lima llevando y regresando
a los menores, donde un alumno de 4º o 5º de media oficiaba de cuidador.

Ese mismo Hermano, que para ahorrarle plata al colegio, cambio la redecilla de pita de los aros de basket, a redes de cadenilla, que hizo los castillos de madera sin protección para que te sacaras la mugre cuando chocabas con ellos y su
piso de asfalto para que se gastaran más rápido las suelas de las zapatillas Keds. 

Un colegio de impresionante estructura  de cemento sin pulir, para que nos raspemos si rozábamos la superficie de
columnas y paredes. No tenía pintura, eran de color gris natural  para alegrarnos el espíritu, subirnos el ánimo y que
perdiese su aspecto frio y tétrico. Aun así, le teníamos  mucho cariño a esas aulas que seguimos extrañando.

Esos años en que había que asistir a misa todos los días, incluidos los Domingos y que los días Lunes, después de
misa, formábamos una estrella delante del mástil de la bandera en el patio principal para izar el pabellón nacional,
a los acordes de la marcha de banderas tocado por la banda de guerra del colegio.

Luego entonábamos el Himno Nacional y el padre Tito Otero, nos leía la última  y divertida crónica, de cómo le
habíamos ganado en el Terrazas al Santa María, San Agustín o a La Recoleta, el último Sábado.

Había un grupo formado por alumnos de varias promociones, la mayoría de ellos era de la 56 y 57, que jugamos
pichangas de basket o fulbito en esas canchas de asfalto, ¿cuánta piel habremos dejado en esos suelos?

Era natural que este grupo se encontrase formando parte de paseos, campamentos o viajes, que los curas del
colegio fomentaban capitaneados por el padre Durand, secundado por Magaz, Maldonado, el Hno. Ferro,
Interdonato, Repullez, Castañeda y otros maestrillos de cuyos nombres no me acuerdo por culpa de las señoritas
Alzhaimer que andan persiguiendo.

Todo esto con el propósito y claro afán de meternos de novicios jesuitas. Varios entraron, unos salieron más rápido
que otros, creo, sin temor a equivocarme, que sobran los dedos de una mano para contar a los que todavía siguen,
si alguno queda.

También era normal, dada la amistad que se había forjado entre alumnos y estudiantes de jesuitas, que los equipos
que se enfrentaban en estas pichangas fuesen de curitas contra alumnos, donde los alumnos se desquitaban
mediante codazos, empujones, zancadillas y frases cachacientas, cuando se comían un amague o lograbas hacerle
un túnel a pesar de la sotana.

El picón de los curas era Magaz y entre los nuestros ese “Pibe” tan querido y recordado: Don Fernando Pacheco López Pondal. Pero lo lindo era hacer que Magaz se picase, a lo que todos contribuíamos.

El Pibe era un gran polemista, en ese terreno se distinguía más que en el deporte. Tenía una paciencia enorme para irte acorralando con argumentos lógicos y sólidos irrebatibles. La única manera de ganarlo, era salirse por la tangente y desbaratarle toda la lógica que se había dado el trabajo de armar. Esto lo sacaba de quicio.

Así como él era mejor polemista que yo, yo era mejor deportista. El Pibe fue, es y será mucho más erudito que
yo. Yo era cachaciento.   

Un entretenimiento del colegio en los recreos, era las pichangas de dos contra dos, quinielas creo recordar que se
llamaban, la pareja que ganaba se quedaba en la cancha. Siempre nos tocaba enfrentarnos y casi siempre el Pibe
salía perdiendo. Piconazo como era, empezaba la discusión: que fue faul, que pisaste raya, que caminaste, etece,
etece, etece.

Indudable, había la misma diferencia de él como mejor polemista y yo como mejor basketbolista, esta diferencia no es de milímetros, ni siquiera de metros, el me llevaba kilómetros como erudito y yo kilómetros como basketbolista. La diferencia desafortunadamente, estriba en que la capacidad deportiva con los años se pierde y la erudición aumenta.

Pero en ese entonces mi superioridad deportiva era tal, que el pibe siempre caía en la misma finta: amague usted hacia la izquierda, un segundo amague al mismo lado y salida por la derecha. El Pibe terminaba en el suelo hecho un nudo. Para levantarlo había que desenredarle las piernas primero.

En una de esas pichangas, se me ocurrió decirle: no seas llorón, pierde como hombre. Momento que coincidió con la
campana que daba por terminado el recreo. Di media vuelta y me alejé, en ese momento él reaccionó y con: ¡aquí
está el hombre!,  se me vino encima.

No hubo forma de evitarlo y recibí un grandioso puñetazo en el cachete izquierdo, que me tiró al suelo. Dipy Ferrer y el
Búfalo Orbegoso, me levantaron e impidieron que me fuera encima de Fernando, y que según él, veía con horror que
se le echaba encima de  un oso grizzly dispuesto a terminar con él. Motita Payet también se puso en el medio y más
allá con los brazos levantados García Pacheco, gritaba: ¡paz en la tierra a los hombres de buena voluntad!

En ese momento llegó Monteverde, nuestro Sub prefecto. Tuvimos que formar las dos filas de rigor y entrar al salón.
No hubo tiempo para más boche. Terminada la clase el Pibe y Yo nos fuimos a la bodega de Chiappe, (si así se
llamaba la sanduchería de la vereda del frente al colegio a media cuadra de Tacna en la Colmena).

El pidió una butifarra, yo una empanada de carne con su limón más, ambos coca cola helada, esa que venía en botella
de vidrio. ¿Se acuerdan de esa botella de vidrio color verde de coca cola, pero rellena con leche y cocoa, más un
chancay con queso o mortadela? Desayuno clásico de los que comulgaban.

Yo me quedé con el cachete izquierdo hinchado, rojo  y con una amistad pegada para el resto de mis días. ¡Gracias Pibe!
Vos me debés una, te la cobraré con vino y una buena discusión, a ver si logro ganarte una.

Conclusión cachacientamente lógica, de acuerdo a la hipótesis planteada en esta historia, yo aprendo a fuerza de
golpes y Fernando tiene ancestro serrano, por lo de: ¡más te aprecio, más te apórreo!

                                                                          
Gregorio -Goyo- Durand Malatesta
Querido Goyo:

                    Toda historia puede ser contada sin pedir permiso...Me ha emocionado
tu relato, Goyo. Algo así debió ser, también según mi recuerdo, detalle más detalle
menos. Hasta ese momento creo que ni me mirabas y desde allí nos hicimos muy
pero muy amigos. ¡Qué recuerdo, muchacho!. .

Que yo era algo picón no me cabe duda pero después de reponerte de la sorpresa recuerdo tu cara de bronca y tu  corpulento avance hacia mi con ganas de revancha...
pero como bien dices no te dejaron seguirla... Recuerdo esa característica del Colegio,
los curas no nos dejaban trompearnos por nada del mundo, como un contraste
con el Champagnat, donde hice la primaria.

Recuerdo que Ilundain me quería expulsar una vez del Colegio por una trompeada.
Tuvo que ir mi madre a suplicar. Mc Gregor se apiadó y me hicieron prometer que
nunca más... pero me pusieron una PAPELETA VERDE, ¿se acuerdan?  con la que
ese año ya tenía dos... y me lo dijeron bien clarito con la 3° VERDE ni el mismo Papa
te libra de la expulsión. No me puedo acordar con quién fue la pelea, sólo que fue
dentro de la clase. En cambio los hermanos marista no te hacían problema. Allí
aprendí a pelear con trompada, patadones y cabezazos...si no lo hacías te metían la mano...y para siempre la etiqueta de mariconcito. Todos los días había una
trompeada por lo menos, sobre todo a la salida.

                    Muy linda la anécdota y muy bien contada... no deja de ser una hermosa paradoja que para lograr que me mires tuve que voltearte de una trompada...
Recordando... me viene hoy un pensamiento: ¡ por suerte no nos dejaron seguir !
¿En qué hubiera terminado eso?...por lo menos me sacabas 30 kilos de ventaja...
hubiera sido como poner un peso pesado con un mosca ¿no?
Ese final fue el mejor pensable.

                                                                                           Un abrazo, amigazo.
                                                                        Fernando
.
Este simpatiquísimo relato, ha sido escrito por Gregorio Durand
con la idea de publicarlo en ésta, nuestra página de la
Borja57

Fernando Pacheco, personaje central de la anécdota, no solamente
ha dado su autorización, sino que ha escrito una estupenda carta a
Gregorio, carta que  también estamos publicando un poco más abajo.
Gracias Gregorio y gracias Fernando por esta simpatiquísima colaboración a nuestra página
ÍNDICE de BORJA