| EL CIRCULO
Caracas, 15 Julio 1989 Nunca me había dado cuenta tan vívidamente de la inexorable manera con la que el tiempo y las cosas deben siempre pasar, hasta hoy a eso de las seis de la mañana... Sin que haya una razón especial, de pronto me desperté completamente. Los ojos se me abrieron de un golpe y tuve la extraña sensación de que la noche no había transcurrido... Apenas un instante antes me había arrebujado para dormir y ahora estaba, estirado a lo largo de mi hamaca, totalmente despierto. Decidí levantarme sin tardar. De hecho no sentí que hubiese alternativa, mis piernas me obedecieron y salieron juntas por el lado derecho de mi balanceante hamaca. Apoyé ambos píes al mismo tiempo en la tierra y sin desperezarme me puse de pie. Sin mirar hacia atrás salí del cuarto... Estaba amaneciendo y todo a mi alrededor estaba quieto y mojado. Sentí una muy agradable sensación fría y húmeda en mis pies desnudos. Me agaché fácilmente, mojé mis manos en la hierba y me las pasé por la cara y el pelo. Me sentí fresco y lleno de energía. Mirando al frente vi delante de mí un día completo, intocado y me pareció que hasta que volviese a anochecer podría yo hacer muchas cosas en él... El estar totalmente solo en ese pedazo de mundo me hizo una vez más sentirme lleno de esa independencia total que tanto había deseado. Me puse lentamente a caminar en el sendero que apenas el día anterior había terminado desbrozando el monte. Lo fui contemplando con satisfacción mientras lo recorría acercándome al riachuelo que me recibía una vez más con su cristalino y fino chisporroteo. Me puse en cuclillas y cuando iba a meter las manos pensando de antemano en lo que sentiría al darme un manotazo de agua fría en la cara, vi algo brillando semienterrado en la límpida arena del fondo apenas a la distancia que podría alcanzar estirando el brazo... apoyé mi mano izquierda en la arena y guardando cuidadosamente el equilibrio fui metiendo al agua mi otra mano, luego mi brazo completo, después parte del hombro, hasta llegar al fondo. Vi como mi mano agrandada por el agua, se iba acercando poco a poco hasta llegar a tocar un anillo. Lo tomé suavemente y lo saqué lentamente al aire. No estaba frío, tenía una extraña calidez. Era un bello aro de matrimonio, era de oro. Tenía un pequeño bisel en el borde... me pareció extrañamente conocido, Sentí deseos de ponérmelo, me pareció que necesariamente me quedaría bien. No lo hice. Más bien poniéndome de pie miré en su parte interior... mi nombre estaba escrito en él. Me lo puse y miré mi mano con él. Me pareció completa otra vez. Lentamente y sin entender, empecé a desandar mi sendero, se me hizo mucho más corto esta vez. Quizá no hubiese querido que terminase. Pronto estuve de vuelta en el cuarto. Desamarré la hamaca, volví a hacer el bulto que un año antes había deshecho, me lo eché al hombro y sin volver la vista atrás, emprendí mi regreso. Adolfo Pardo |