Ayer en la tarde fallecí.

Tuve que salir al centro, estacioné el carro y caminé un poco. Se me ocurrió tratar de imaginar cómo se vería el mundo si yo muriese y si yo ya no lo pudiese ver más.

Muy simple, me dije a mi mismo que ayer había yo muerto y que me habían cremado, como siempre ha sido mi deseo. Yo ya no existía más. De mí no quedaba nada, solo un puñado de ceniza que seguramente no era totalmente mía… y el mundo se vería así, como lo estaba yo viendo en ese momento.

Como nadie me conoce en ese barrio, nadie sabía que yo estaba muerto, a nadie le llamó la atención verme como tampoco le llamaría la atención dejar de verme… imaginé ser mi espíritu y mirar lo que quedaba del mundo luego de haberme yo ido…

Pues debo reconocer que todo seguía tal cual como cuando yo estaba vivo, la gente apurada entrando y saliendo de las tiendas, esperando para cruzar la calle, cruzándola haciendo quites a los carros, viéndose unos a los otros sin mirarse realmente, el mismo pordiosero en la esquina, el mismo kiosco vendiendo revistas y chocolates, la misma bulla, el mismo olor… nada había cambiado desde que yo había decidido morir. Yo ya no existía y nada había cambiado. Así es. Es un hecho.

Regresé despacio hasta mi carro, me metí en él y cerré la puerta. Salí del estacionamiento sin pagar, nadie me detuvo, total, estaba muerto, el portero ni se dio cuenta y ni me miró. Me dejó estar muerto en paz. El radio siguió con la misma música, los semáforos siguieron funcionando mal… pero de repente me di cuenta que la gente esperaba que yo pase en el carro para lanzarse a cruzar la calle. No estoy muerto, me dije, pero cuando lo esté nadie se dará casi cuenta o mejor dicho casi nadie se dará cuenta. Pasarán muy pocos días hasta que desaparezca el “casi”.

Adolfo Pardo   20ABR07
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