| En el Hotel Libertador de La Paz.
Eso de coleccionar momentos, es interesante. Casi siempre tú vas viviendo, haciendo mil cosas, regodeándote con los Domingos ociosos, esperando el día siguiente… debo decir que a mí antes no me gustaban los Lunes, ahora sí. Así vas viviendo y muriendo… las horas volviéndose días, los días semanas y las semanas pasando una tras de la otra angustiosamente rápido, convirtiéndose en meses, infaliblemente en años cortos, los que pausadamente van haciéndose largos años. Sin embargo todos esos meses y años, como las estalagmitas, se van muy poco a poco formando a base de momentos, muchos momentos, la mayoría, con tendencia a ser insípidos y sin que merezca la pena recordarlos separándolos unos de los otros. Yo por mi parte hace tiempo me decidí a buscarle un sentido especial a ciertos momentos, algunos casuales y otros creados a propósito, aprendiendo a deleitarme a fondo en ellos cuando los logro, y casi poniéndoles nombre y coleccionándolos con complacencia en una especie de álbum mental. Quisiera extraer de él, por ahora sólo uno de ellos y describirlo: Me había quedado atascado en La Paz, Bolivia. Estaba esperando una remesa de dinero que debería llegarme al banco y que tardó tres largos días. Estaba alojado, como varias veces antes, en el Hotel Libertador. El hotel, muy gentil, accedió a alojarme y alimentarme durante los días que tardase en llegarme el dinero. Visité en dos días a los tres clientes con los que tenía cita y tuve que quedarme en el hotel todo el tercer día y su respectiva noche. Prácticamente no podía salir lejos de mi forzado alojamiento, simplemente por no tener ningún dinero. Durante el día caminé un poco, bajé hasta la avenida principal, hacía frío, metí las manos en los bolsillos y decidí ir al banco. Nada todavía. Resolví regresar al abrigado hotel. El regreso es todo en subida, la calle es empedrada y tienes que caminar despacio, pausado, el corazón late con fuerza en las sienes, te agitas, tu respiración se acelera y ves como tu aliento se vuelve vaho, sientes presión en la cabeza. Te cruzas con gente que baja caminando en silencio, abrigada y con guantes. Hombres con saco, chompa, corbata y sombrero, mujeres con faldas largas y pesadas y hasta niños con gorros de lana colorada en la cabeza. Caras frías, cuarteadas y rojizas, manos en los bolsillos. Algunos te miran y saludan, seguramente porque te reconocen como extranjero y te muestran su respeto. Abro la puerta del hotel, adentro me recibe aire tibio. Detrás del mostrador está la misma señora de siempre, me saluda por mi nombre y me sonríe. Yo inclino la cabeza y le pido mi llave. Subo lentamente por la escalera, total es sólo un piso. En mi habitación doy una vuelta, me siento en la silla de madera y vuelvo a levantarme intranquilo. Decido subir, me apetece un caldo caliente. Esta vez tomo el ascensor y entro en el comedor con piso de madera oscura, huele a cera, oigo el piano. Alguien está tocando despacio. Me siento en la mesa más cercana y saludo complacido a la pianista. Sin dejar de tocar me mira y me sonríe. Decido pedir una copa de vino tinto tibio. Tiene partituras y va tocando mientras lee y va pasando páginas mojándose calmosamente el dedo. Está tocando Chopin, uno de esos valses lentos. El ambiente me parece poco menos que perfecto: El comedor vacío y con olor a limpio, el aire ligeramente tibio, las ventanas cerradas, la música cálida interrumpida apenas por el chasquido de las páginas pasando de rato en rato, mi copa de vino, enorme, colocada en un mantelito blanco de tela, creo que para que no haga ningún ruido. Al lado de una puerta al fondo el mesonero de pantalón y saco negros, inmóvil y sereno y Chopin tranquilamente fluyendo del piano, nota por nota, a veces cristalinas a veces apagadas, eternamente románticas. La pianista da una sosegada mirada al mozo y le hace un gesto con las cejas, sigue tocando. Un momento después me traen una segunda copa de vino tibio, me sorprende un poco por no haberla pedido. En ese mismo momento la pianista desgrana un último compás que queda flotando. Se levanta agradeciendo con una inclinación de cabeza al público que no existe, cierra tiernamente el piano y viene a sentarse frente a su copa, en su mesa, donde yo casualmente estoy. Adolfo Pardo Caracas, Jueves 14 de Agosto de 2003 |