| Por un Hueco en el Periódico
Me angustia la idea de saber que ahora en realidad estoy como sentado en un parque, solo conmigo mismo y supuestamente leyendo un periódico que tiene un hueco, justo a la altura de mis ojos. Cruzo las piernas y, sin que nadie me vea, observo lo que pasa frente a mí, no a los lados, solamente frente a mí. Cuando tú estés caminando rápido hacia el banco a punto de cerrar, mira, hay un viejo leyendo el periódico apoyado descuidadamente a un poste. Soy yo y estoy probablemente observando tu afán. Cuando estés de regreso, con más o con menos dinero en el bolsillo y vuelvas a pasar yo estaré ahí, esta vez vestido de estudiante leyendo sentado, espiando tu ahora más tranquilo andar. Cuando aquel día entrabas en el hospital caminando, casi corriendo… o cuando te quitaste los anteojos y cerraste los párpados… cuando te desperezabas suspirando y saboreando, o cuando mirabas el techo desde tu cama… yo incorpóreamente estaba ahí. No te puedes imaginar las cosas que ya he visto pasar, justo delante de mí, a través del hueco en mi diario. Aquel día en que decidí abrirlo y no permitir que el mundo siguiese girando sin que yo lo observase… embelesado, inquieto, asqueado, triste, horrorizado, angustiado, tranquilo, flemático… a veces frunciendo el seño, a veces sacudiendo la cabeza como diciendo no, a veces sonriendo, a veces gimiendo… aquel día los minutos se vaciaron y empezaron a engañarme. El Principito tenía razón: Cuando tú domesticas un animal, cuando lo vuelves casi humano, automáticamente te haces responsable por él, ya no lo puedes dejar solo, él ya no sabe cómo ser, ya no te puedes nunca más liberar de él. Eres suyo. Cuando miras voluntariamente fuera de ti y ves una condición que hasta entonces te era ajena, adquieres inevitablemente una obligación, ya no te puedes liberar… el secreto ya también es tuyo y tú, desnudo, te enfrentas a la perversa y milenaria encrucijada: actuar o inhibirte, ser o no ser, arder o congelarte, o una efímera armonía o la interminable angustia. Antes el hueco en mi diario no estaba abierto. Antes yo no sabía. Ahora soy otro y quisiera poder retornar y ya nunca jamás podré. Adolfo Pardo 7 Febrero 2002 |