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LA SEÑORITA “CURVAS” Cada día era lo mismo, se levantaba de su cama inclinada, caminaba por el pasillo zigzagueante que llevaba al baño, se cepillaba los dientes en forma circular, se vestía y después de un café espumoso se iba a trabajar. La señorita “curvas” era realmente especial, todo su cuerpo era perfectamente redondeado, y lo digo en el más estricto sentido de la palabra, hasta el fémur parecía una S. Había pasado por todos los doctores, el traumatólogo para su escoliosis, el Dr. Sholl para la excesiva curvatura del puente de su pie, el otorrino para revisar su aguileña nariz... en fin, hasta al peluquero había visitado para resolver el problema de su onduladísima cabellera. No había solución, ella era la señorita más curva que había existido en toda la historia, y en consecuencia su vida también estaba torcida. Aquel día no fue diferente, camino al estudio donde modelaba para un pintor que se creía la reencarnación de Picasso, todos los hombres y mujeres se quedaban viendo su singular estampa... algunos con risas mal disimuladas y otros con asco reprimido, pero no faltaba uno que la viera. A ella hasta cierto punto le gustaba, total, por lo menos podía decir que llamaba la atención. Sin embargo el regreso a su casa fue totalmente inesperado para ella. Sentada en el autobús notó que un hombre la miraba fijamente, ella le sonrió consciente de su singularidad, pero extrañamente él se le acercó diciéndole las palabras más dulces que hubiera podido escuchar en toda su vida. - Perdone mi indiscreción al verla de esta manera, es que no puedo creer que alguien con una mirada tan hermosa pueda preferir vivir en un cuerpo... tan poco favorecedor, estoy seguro que si se decidiera a arreglar su nariz, sus piernas, su espalda, y su cabello, podría ser la mujer más hermosa que jamás el mundo hubiera conocido. Llámeme. Y así, sin más palabras le entregó su tarjeta. Dr. Robert Otolano Soucy. Cirujano Plástico. El resto del día sólo pensó en sus palabras, una mujer hermosa, la más hermosa... ¿Sería eso posible? Después de pasar la noche entera a punta de café con Kalúa, se decidió. Lo llamaría y se sometería a las operaciones que fueran necesarias. Sería la mujer más hermosa del mundo. Fueron horas en el quirófano, el Dr. Robert le tenía que practicar 7 operaciones de alta dificultad. Fueron días de no poderse ver la cara escondida tras los vendajes. Fueron semanas de recuperación y fisioterapia para re-aprender a caminar erguida. Fueron millones de Bolívares en total. Aquella mañana sí fue diferente, se levantó de su cama ortopédica, caminó por el perfectamente recto pasillo hasta el baño, se cepilló los dientes de arriba hacia abajo, y luego de un café negro fue rumbo al estudio del pintor que se creía Picasso. En la calle la gente la ignoraba, los hombres ni cuenta se daban de su presencia, el pintor con un gesto de desprecio la despidió... nadie la miraba. Sin trabajo, sin amigos, sin sus particularidades, se sintió más sola que nunca, más despreciada que antes. Era linda, pero normal, nada especial, una más en un mundo de mujeres “naturalmente” hermosas. Quiso revertirlo todo, volvió a operarse para ser como antes, más horas en el quirófano, los últimos millones que tenía ahorrados, pero sólo logró empeorar. Ahora la gente se asustaba al verla, los niños lloraban, los hombres la esquivaban. No había nada que hacer, no podía tener otra vez su “encanto”. Regresó a su casa ahora “semi-torcida” y con un alambre bien doblado se ahorcó y por lo menos su cuello volvió a ser realmente curvo. Kristin Pardo |
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