LLUVIA

Seis y media de la tarde, las calles mojadas son testigos de los pasos apresurados
que intentan escapar de la lluvia. Paraguas de colores, unos grandes, otros pequeños,
bolsas de plástico, cuadernos, periódicos y algunos impermeables, son útiles
protecciones para aquellos que se esconden del agua. Pero hay una persona en
especial que no tiene nada con que taparse, una personita triste con los zapatos
mojados y el pelo chorreando como cascada. Corriendo de techo en techo va este
niño desamparado, buscando con la mirada un poco de ayuda, un sitio donde
refugiarse, un lugar caliente donde poder descansar.

Poco a poco la calle se va quedando vacía, la gente ha llegado a sus casas, los
comerciantes ya han cerrado sus tiendas y han bajado las santamarías, hasta los
perros callejeros han encontrado un rinconcito donde pasar la lluvia, sólo unos
cuantos carros pasan rápidamente en dirección a la zona residencial. Bajo una
cornisa el niño espera un momento mientras estornuda varias veces cuando
repentinamente pasa una camioneta y sin compasión lo baña por completo. No
importaba el agua ya, total, no quedaba nada seco en su cuerpo, sin embargo la
sensación de frío, soledad y desesperación se fue apoderando de él.

Siguió su camino buscando un edificio en construcción, o una casa abandonada.
Ya cansado, a mitad de la noche, el niño se sentó en la entrada de una casa blanca.
Aunque la casa se veía descuidada y vieja, él podía sentir el calor que habría adentro,
veía las ventanas y podía imaginar a una gran familia cenando deliciosos manjares
mientras reían felices. Ya sin fuerzas ni siquiera para tocar la campanilla, se quedó allí
hecho un ovillo entre la reja y la cortina de lluvia.

No pasó mucho tiempo cuando una mano cálida y suave lo agarró y lo condujo al
interior de la casa. El niño se dejó llevar sin oponer la más mínima resistencia, y
con las pocas fuerzas que le quedaban, miró a la persona que lo ayudaba y
agradeció con una sonrisa.

Ella era muy hermosa, blanca, con los cabellos rubios como el oro, no era tan
pequeña como él, pero seguía siendo una niña. Ella le hablaba con suavidad, le
explicaba que esa era su casa, que estaba sola pero que lo iba a ayudar. Lo abrigó,
lo sentó frente al fuego y le dio leche y galletas. Pronto el niño se sentía mejor y
comenzaron a jugar. Cuando se cansaron de correr y saltar, volvieron a sentarse
frente al fuego para conversar. Ella le fue contando de su familia, de cómo disfrutaban
juntos cuando se iban de vacaciones, de cómo quería a sus hermanos mayores y
menores, y muchas cosas más que el niño escuchaba con una mezcla de
admiración y envidia. Ella le hablaba con tanta emoción, describóa cada cosa con
tantos detalles, que él podía ver lo que le decía, de alguna manera vio a esa familia
perfecta cenando, escuchó los cuentos que la madre narraba a su hija en las noches
frías, en fin casi pudo tocar a esas personas.

Mientras tanto afuera la lluvia seguía cayendo con fuerza y de vez en cuando un
rayo cruzaba el cielo oscuro iluminando el salón de una manera aterrorizadora, sin
embargo el niño se sentía seguro con ella a su lado. Poco a poco el sueño lo fue
venciendo hasta quedar dormido. Ella lo acurrucó delicadamente sobre su regazo
mientras le cantaba una canción de cuna. Pronto los dos estaban dormidos.

Son las ocho de la mañana y el noticiero matutino anuncia el descubrimiento de un
niño muerto en el salón de una casa abandonada, en la cual, dos años antes,
habían fallecido todos los miembros de una familia por causa de una rara infección.
El niño fue encontrado con una expresión muy tranquila, acurrucado en el medio del
salón, frente a una chimenea que extrañamente tenía cenizas a medio apagar.

Kristin Pardo