MÁS QUE TESTIGOS

Cada noche ellos eran testigos de las historias de parejas, familias y grupos de
amigos. El siempre hacía el servicio en la mesa número 17 del café, pero ella era distinta
cada vez, sin embargo él lograba hacer buena pareja para atender de la mejor manera a los
comensales de la noche. Esa noche fue especial, no sólo porque ella tenía un encanto
especial, sino porque las historias de las que fueron testigos no eran comunes, eran
historias interesantes, unas románticas y otras dolorosas.

Eran las 7 en punto de la noche y ya la pareja estaba lista y dispuesta a recibir a los primeros
clientes. El café, aunque informal, era de un gusto exquisito, los manteles impecablemente
blancos, los cubiertos relucientes, las copas brillantes y el menú variado y delicado.
Generalmente las noches eran buenas, el lugar había adquirido cierta fama y había una
clientela segura. Sin duda alguna la clave del éxito era su acogedor ambiente, su música
instrumental ligera y su deliciosa comida.

Ahí llegaban los primeros comensales, un señor y una señorita, al principio pensaron que
eran amantes, pero al transcurrir la noche se dieron cuenta de que ella era la hija y que
celebraban el cumpleaños de él. Era realmente conmovedor verlos hablar tan cariñosamente.
Siempre testigos, la pareja comprendió que aquella relación tan hermosa se debía al
fallecimiento de la madre, 4 años antes, la joven tuvo que madurar rápidamente para
convertirse de niña a señora de una casa, y al mismo tiempo el padre se convirtió
en amigo y madre a la vez.

Cuando padre e hija se retiraron, habiendo dejado una propina bastante elevada, la pareja
anfitriona de la mesa 17 se quedó un poco consternada por la historia, pero llegaron a la
conclusión de que hasta las desgracias pueden traer consecuencias positivas en las personas.

Mientras estaban sumidos en estas hondas reflexiones, fueron sorprendidos por el siguiente
grupo de clientes. Esta vez se trató de un señor, una señora, un joven y una señorita. Este
grupo era muy particular, todos se encontraban elegantemente vestidos pero se notaban
tensos, pronto los testigos entendieron el por qué. El señor, serio y con cara de preocupación
no soltaba la mano de su hija, mientras miraba al joven, que nervioso se secaba el sudor
de la frente con una servilleta. Al mismo tiempo la señora sonríe tranquilizadora al joven
y al esposo alternativamente, mientras que la hija mira en forma suplicante al padre que
continúa con el semblante serio.

Los testigos no podían aguantar la emoción del momento, él había sido testigo de varias
peticiones y ya estaba acostumbrado, pero ella nunca había presenciado un acontecimiento
parecido y estaba realmente emocionada por ese momento especial que vivía la familia,
la hija se quería casar y ahí estaba el novio argumentando que su sueldo era suficiente,
que él la quería, que la iba a hacer feliz y que ya había pagado la inicial del apartamento
donde pensaban vivir.

Claro que no hubo inconvenientes, las caras serias dieron paso a la celebración,
el brindis por los novios, las palabras sabias del padre y de la madre que aconsejan a
los jóvenes sobre su próxima vida conyugal, las risas, las lágrimas de felicidad,
el anillo de compromiso y mucho champagne y vino en la mesa.

La pareja estaba cansada pero emocionada, ya eran casi las 11 de la noche y la familia
con un nuevo integrante se había retirado. La noche todavía era joven, seguramente todavía
serían testigos de dos o tres historias, pero ella comenzaba a agotarse, ya no podía estar
tan derechita y él estaba perdiendo su brillo de tanto sostenerla para que no se doblara
demasiado. La mesa 17 había cambiado nuevamente los manteles y los cubiertos y
esperaba ansiosa el próximo cliente.

Al rato apareció una señorita elegante y sobria, ataviada con un vestido negro de suave
caída, su escultural figura, que parecía haber sido esculpida por el más grande artista,
competía con su bello rostro de finas facciones, por ser centro de atención. Ella se ubicó
en la mesa 17, colocó su cartera tipo sobre en una de las sillas y se sentó de manera que
podía ver claramente todo el café. Pidió una limonada frappé y prendiendo un cigarrillo
comenzó su larga espera. Cada cierto tiempo ella miraba su reloj y los testigos
sentían su nerviosismo, su angustia. En esos momentos el tiempo es el mayor
enemigo, implacable, cruel e inexorable.

Fueron dos limonadas más, luego empezó a tomar vino blanco. No pidió nada de comer, ella
insistía en esperar a su acompañante, pero éste no llegó en toda la noche. Ella fue la
última en irse del café, esperó más de dos horas sola, fumó casi una cajetilla entera de
cigarrillos, terminó la botella de vino, y ya no había signos de nervios, al final sólo quedaba
el dolor, la tristeza, la decepción.

La pareja de testigos estaba igual de apenada, sentían su pena y dolor, y odiaban no
poder hacer nada para consolarla. Ella pidió la cuenta lastimeramente, todos en el
café habían notado la presencia de esta hermosa chica esperando inútilmente a una
alguien que nunca llegó. El mozo que atiende la mesa 17 terminó de calcular la cuenta
de la joven y al dársela le dijo con una sincera sonrisa en el rostro:

-Señorita, permítame regalarle esta rosa y esta botella de vino, testigos fieles de esta noche,
lléveselos para que cada vez que los vea recuerde que hubo una noche en la que un
despreciable alguien tuvo la osadía de dejarla esperando. Disculpe mi atrevimiento, pero olvídelo
y vuelva a sonreír, usted puede tener el mundo a sus pies si quisiera, y una
pequeñísima parte de ese mundo desea que usted sea feliz.�

Con lágrimas en los ojos esta deprimida mujer volvió a ser rival de las estrellas en brillo y
belleza. Con paso seguro, andar sensual y sonrisa en el rostro, salió la espectacular mujer
con una rosa y una botella de vino en la mano. Esta pareja logró por fin lo tan deseado, ser
más que simples adornos, más que testigos, convertirse en elemento fundamental para
alegrar a una persona, ser especiales para alguien.

Ella perderá su color y lozanía, pero persistirá por años entre las páginas de un diario.
él perderá su elegancia cuando en Navidad sirva ponche casero en vez de un sobrio
vino francés. Pero siempre serán especiales, porque simbolizan el renacer de una mujer
que se reconoce hermosa y única.


Kristin Pardo