TRIÁNGULO

Desde que Rafael tuvo aquel accidente en su taller, la vida de
Mónica se había convertido en un aburrido y monótono servir y
ser los ojos de Rafael. Al principio, antes de ese fatal día, el
matrimonio era para ellos, la perfección del amor, eran la pareja más
envidiada de la ciudad, todos admiraban esa relación tan perfecta.

Pero todo cambió con la ceguera de Rafael, su carácter se
transformó, se volvió huraño y amargado, maltrataba psicológica
y verbalmente a Mónica, y ella poco a poco, decepcionada, iba
perdiendo el amor por él. Siguieron juntos por compasión, por
necesidad, por cualquier cosa menos por amor.

Al pasar los años, Mónica empezó a coquetear con los hombres,
salía a bailar y a veces llegaba muy tarde a su casa. Para Rafael
era obvio que ella tenía un amante, así que decidió que era
preferible permitir que Mónica invitara a sus nuevos amigos a la
casa, por lo menos de esta manera ella estaría en casa.

Todos los domingos a las 4 de la tarde, llegaba el amigo de Mónica
para tomar el te, Rafael odiaba aquellas visitas y pensaba que algún
día las cosas cambiarían. Ese domingo fue igual a los demás, Mónica
se arreglaba luego del almuerzo para recibir a su invitado cuando
Rafael le recordó que era su cumpleaños. A ella poco le importaba
eso, pero accedió a cocinar una torta y vestirse con el vestido negro
que Rafael le había comprado en sus últimas vacaciones.

Poco antes de llegar su amigo, Mónica decidió que se vería más
sexi con su minifalda roja y su top negro que tanto le gustaban a su
amigo. Así que se cambió rápidamente, se perfumó por segunda
vez y remarcando el color rojo de sus labios, sonrió con ilusión al
escuchar el timbre de la casa: había llegado Ignacio, su "amigo".

Esta situación siempre los excitaba, mientras hablaban del clima
o de la política con Rafael, ellos aprovechaban para acariciarse,
para besarse discretamente, para amarse en silencio.

Este juego desvergonzado fue interrumpido por Rafael que prouso
hacer un brindis por su cumpleaños, de mala gana los amantes
levantaron sus copas para escuchar las palabras del pobre ciego.

Con una gran sonrisa y elevando el tono de su voz dijo:
"Por mi esposa y por el vestido negro que no usó el día de hoy".
Luego de esto sólo se escucharon cristales rompiéndose.


Kristin Pardo