LA CARCAJADA DEL DIABLO
I.S.B.N.: 84-607-3654-7
AUTOR: Leopoldo de Trazegnies Granda
Sevilla, 2001


6. El sueño del Inmortal

Al niño
Erik Pardo Schnell
que cada noche vence al Síndrome de Ondine


Mi padre era tan educado y distraido que al entrar a los ascensores vacíos se
saludaba en los espejos. La función del azogue, tras el cristal, consiste en capturar
los reflejos del tiempo; por eso mi padre se fue encontrando en los ascensores con
un señor cada vez mayor y, disgustado, decidió dejar de saludarlo. Se valió de esta
artimaña para conservar su aspecto jovial hasta casi sus últimos días.

Es la mejor manera de encarar algunos problemas
irremediables, como la vejez: dándoles la espalda.

Los Inmortales nunca podrán caer en la paradoja de: "Ya no pienso, luego ya no
existo", porque el pensamiento, como el agua, tal vez sea lo único eterno, aún para
nosotros los mortales. Probablemente, lo que más consume nuestro organismo de
monos organilleros es el esfuerzo que hacemos por resucitar todas las mañanas.

Presiento que si nunca durmiéramos nos mantendríamos frescos eternamente.
Nadie ha visto dormir a un Inmortal, luego podemos afirmar que los Inmortales no
duermen. Lógicamente, ellos no necesitan ese mini ensayo diario de la muerte.

No estará demás pues, hacer la modificación genética correspondiente para evitar
dormir, oxigenando la sangre sin necesidad de cerrar los ojos y, para no tener que
prescindir de los sueños durante toda la eternidad, será a necesaria otra modificación
(ésta más complicada, supongo) que nos permitiera soñar despiertos.