| En los años ’50 y ’60 cursé mis estudios en el colegio Anglo-Peruano, o como se llamaría después, Colegio San Andrés, en la Avenida Du Petit Thouars, cerca del parque............ Era un colegio pequeño, de profesores misioneros Escoceses. Sus pasadizos de lozetas gastadas eran interminables y nuestras voces rebotaban en ellas como en un almacén vacío. Sus abundantes arcos oscuros de cemento áspero desgarraban nuestros uniformes y rasgaba nuestros brazos, cuando traviesos siempre, nos empujábamos contra ellos riendo como sonsos! Los altos del colegio era para la sección Primaria. Olía a leche y perfume. Se subía por una escalera grande a la izquierda de la entrada principal al colegio. Arriba, frente a la escalera y el pasadizo de lozas rojas y pulidas, se econtraban las oficinas de la Srta. Mackay y la Biblioteca de la Sra. MacIntosh. Hacia la izquierda el pasillo se extendía todo el largo del colegio con los salones de la Primaria de la Srta. Baca, la Srta. MacRostie, Srta. MacKenzie, el Sr. Arenas, el Sr. Arredondo y otros magníficos profesores. La planta baja pertenecía a la sección de la Secundaria. Allí, diariamente nos formábamos en los patios de concreto pulido por años de zapatos inquietos, por clase y tamaño. Yo, largo y flaco, era siempre el último. Nuestros uniformes estaban bien cuidados; pantalones con raya que cortaba, corbata super-delgada y escudo del colegio cosido sobre el bolsillo, pero algunos con las justas para poder quitarlos rápidamente cuando íban a la Matiné los Viernes por la tarde. Las ventanas eran enormes cuadros de metales cruzados para dejar pequeños cuadraditos de vidrio, semi-tranparente. Los salones con pisos de madera crujiente, barridos diariamente con aserrín, portaban largas pizarras negras, un escritorio raquítico para el profesor, y pupitres individuales abusados por muchos años de vandalismo o mejor dicho, nuestro deseo de dejar constancia de nuestro paso por el plantel. El lugar sagrado, la Dirección, se reservaba para el uso de los amonestados y castigados, o peor, la explusión! También para los profesores, distinguidos visitantes, padres de familia como también los premiados y honrados con títulos de “Prefect” y “House Captain”. Dichas oficinas guardaban reliquias del colegio; fotos de ex-Directores, Profesores y distinguidos “Old Boys: Gallardetes Pre-Militar; trofeos de plata y escudos anunciando año tras año, el nombre de los mejores estudiantes y deportistas. Nuestro Sr. Director, el Reverendo James MacIntosh, caminaba solemnemente por su dominio con su capa negra, tradición Anglo-Escocesa que se remontaba muchos siglos atrás. Nuestro Sub-Director, el Dr. Regal, tenía sus oficinas al otro extremo del edificio, junto al pequeño patio antes de llegar a la puerta falsa del colegio. Luego estaba el campo deportivo, la sección atlética y la hermosa capilla. Cuántos partidos jugamos en dicho campo, cuántas rodillas dañadas, cuántos zapatos rotos, cuántos “boches” ó “trompeadas” (peleas), cuántas salidas a excursiones, campamentos de la Unión Bíblica y cuántos ensayos de la escolta Pre-Militar para el desfile del 28 de Julio! A la salida del colegio nos esperaban los vendedores ambulantes y la penosa decisión de comprar algo para comer o tomar el ómnibus (Cocharcas José-Leal) a casa. La comida ganaba siempre! La perenne tentación de la carreta amarilla de D’Onofrio (Frunas y Bombones), los vendedores de turrón de Doña Pepa, de habas cocidas y tostadas, raspadillas, de churros, de algodón azucarado, de tubos dulces y cada cual con su lista de “fiados”. Cuántas veces caminamos a casa por la Javier Prado, pasando por la casa de Anita, con el corazón latiendo fuerte al llegar a su esquina y muchas veces la gran desilusión de no verla en su balcón. Bueno, ya pasaron casi 45 años y los recuerdos se van dispersando en la niebla pero aún quedan algunos muy queridos de mis años como estudiante en la Lima de antaño. Frank H. Scheme Ottawa, Canadá, 15 de Enero, 2008 |
| Allá por los años ’50 y ’60 teníamos una patota de 12 hombres y 13 mujeres en el club que ocupaba una manzana entera en Magdalena, cerca del manicomio Larco Herrera. Cercado por hermosos y altos cedros, el club era el centro de actividad familiar de fin de semana principalmente para ejecutivos de empresas Británicas en Lima y otras familias miembros del “Commonwealth”. Allí se celebraban tremendos partidos inter-club de cricket, tenis, rugby, fútbol y “lawn bowling”. Se ofrecía lecciones de baile de salón, Escocés e Irlandés. Sus 8 canchas de tenis de arcilla roja, cuidadas minuciosamente y remojadas con grandes mangueras después de cada partido, eran el orgullo del club! Sus líneas eran igualmente trazadas con sumo cuidado con tiza blanca y los hijos de los guardianes y jefes de mantenimiento, hacían de “recoge-bolas” con propinas de a sol por partido. El perdedor pagaba la ronda de cerveza. En el campo principal o “Cricket Pitch”, se llevaban a cabo los partidos dominicales del popular juego Inglés del mismo nombre. Jugado solamente por hombres vestidos de blanco, sin guantes pero con bates curvos de madera, quienes respondían con pericia a los lanzamientos del “bowler” del equipo opuesto haciendo carreras entre dos “wickets” o sea, tres palos verticales con uno palito horizontal detrás de cada bateador. Al lado izquierdo del club había el curioso campo de “lawn-bowling”; una superficie sumamente plana, de grama finísima y recortada, rodeada por una acequia donde caían las bolas mal lanzadas. Hombres y mujeres vestidos enteramente de blanco, con apuestos sombreros de paja, intentaban colocar bolas negras con pesas en ambos lados, lo más cerca posible a una bolita roja. En el “Club House” había un magnífico bar tipo “Pub-Inglés”, donde corría la cerveza y el Pisco Sauer. Al lado, un salón con mesas de billar, una cortina de humo perenne y un tufo a cigarro y aserrín. En el comedor, con grandes ventanales sobre lo campos deportivos, se servían magníficas butifarras, papas fritas y Coca Colas y para el pudiente, el Británico “roast beef” como también el clásico plato de “ceviche”. Allí nos juntábamos cada fin de semana. Algunos veníamos a pié, otros en bici, motoneta Lambretta o Vespa, motocicleta o en carro. Eramos Peruanos, Británicos, Australianos, Neoselandeses y uno que otro Sud-Africano. Se hablaba una mezcla local de Español llamado “Spanglish” y una jerga criolla típica de los escolares de aquellos tiempos. Era un magnífico club, pero le faltaba piscina así que algunos éramos también miembros del Country Club. Los camarines eran fuentes de olor a sudor, pucho y cerveza. Escenas de mucha celebración en la victoria y fuerte silencio en la derrota. Atrás se dejaban toallas, cajetillas vacías de cigarros “Inca”, zapatillas viejas, medias sucias, calzoncillos, raquetas de tenis, chimpunes con lengua y batas rotas de cricket. Durante el día los Sábados y Domingos, había mucha actividad social y deportiva y por las noches, cuando nuestra patota de juntaba en una esquina del comedor para jugar naipes y ver televisión, se escuchaba la risa, las lisuras, los chistes que venían del bar en medio de los interminables partidos de dardos. Era nuestro club y los recuerdos siguen vivos aún hoy. Frank H. Scheme Ottawa, Canadá, Marzo 2008 |
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| Sección Recuerdos para nuestros nietos Envíanos alguno de los tuyos.... Gracias ! |
Yo también jugué ñocos al lado del "chistero", que alquilaba sus revistas a un real, en la Calle Burgos, en San Isidro. Teníamos una "patota" de amigos cerca de la Clínica Lozada y hacíamos carrera de autos Dinktoy con "billas" en la arcilla para darles peso. Usábamos la berma de la vereda y el ganador se llevaba el mejor auto de todos los que competían! Toda disputa se areglaba con el "yankenpó". Para estar cerca de las hijas de los vecinos jugábamos el "ampay me salvo" y cuando más atrevidos, al "cucurucho" en rincones oscuros de la casa. Mi hermano Hans y yo, fabricamos carros con cajas de madera y patines "prestados" de mi hermana Sigi. Inclusive tenían timón, hecho con una soga y una rueda de carrito. Los corríamos en la bajada de nuestra calle, estrellándonos con frecuencia al llegar abajo sin poder dar vuelta a la esquina. Hacíamos campeonato de salto de patines (ruedas de metal) en la vereda. Yo saltaba casi 6 cuadros, pero a menudo me sacaba la mugre! El "Chino" Alejandro nos regalaba pedacitos de queso "Laive", "peras" y "chaplines" y la verdulera, sus manzanas y peras sobremaduras. Nos metíamos al Country Club por un agujero entre los cipreses, para "aguaitar" a las gilas tomando el sol y a veces con suerte, poder quedarnos camuflados, cerca de ellas. Bueno, esas eran algunas de las cosas que hacíamos... Un abrazo, Frank |
| Frank Scheme vivió mucho tiempo en Lima, en San Isidro. Actualmente vive en Ottawa. Su hermana Sigi, casada con Sergio Zrinscak, vive cerca de Toronto. Su hermano Hans igualmente vive actualmente en Canadá.. Frank ha tenido la buena idea de evocar algunos vívidos recuerdos y la cortesía de compartirlos con nosotros. Leamos sus narraciones acá abajo. A ver si alguien nos cuenta que lo conoció en ese entonces y compartió recuerdos similares. Gracias por su contacto Gracias Frank ! |
| Nuestro vecino en la esquina de la Calle Burgos y Marconi, en San Isidro, era Don Pedro Rosselló, "El Hombre del Pueblo", fundador de Coalición Nacional, y su bella y muy elegante esposa, Doña Marta. Hermosa pareja; cultos, profundamente religiosos, trabajadores; cariñosos y muy enamorada y siempre con algo positivo que decir! Era por los años '60, antes de las juntas militares, cuando vivíamos los "años de oro" en Lima. La familia Rosselló me adoptó como a un hijo. Era compañero perenne de su hijo Pedro Jr. (Pello) quien tenía una hermana mayor (Marta ó "Tata") y un hermano menor (Rafael á "Rafi"). Fui afortunado, pues los acompañaba siempre a los toros en la Plaza de Acho; los gallos en La Molina; el cachascán en el estadio viejo; el concurso nacional de caballos de paso en el club El Bosque; la equitación con el Conde Morosini; los partidos de polo en el club de Orrantia del Mar; las carreras de caballos en San Felipe; los almuerzos en Rosita Rios y otros lugares típicos; las famosas chifas; los museos de Arte Italiano, Larco Herrera y Mujica Gallo; pic-nics en Chosica y Chaclacayo; paseos en su enorme "Mercury" de útimo modelo, por la Carretera Central, Canta, Pasamayo y muchos eventos culturales y deportivos. Pasé también muchos veranos en el balneario Santa Rosa, fundado por Don Pedro y en su hacienda algodonera y azucarera "Pampelera" cerca de Trujillo, montando hermosos caballos de paso, como su campeón nacional, "Tongolele". Conocí a los hijos e hijas de ilustres familias Peruanas y extranjeras, de apellidos como los Nicolini, Vasquez Ayllón, Rizo Patrón, Berkemeyer, Ehni, Orlandini, D'Onofrio y Santisteban, entre otros. Fuí testigo de los subibajas de su campaña política; su reto a un duelo con espadas y las lecciones preparatorias con un campeón nacional de sable; el éxtasis del triumfo y la humillación de la derrota; el profundo deseo de mejorar la vida de los pobres del Perú. Compartí su felicidad como familia; la delicadeza y perfecta atención para con sus huéspedes; el profundo cariño e interés personal hacia cada uno de sus hijos; suntuosas cenas en casa; magníficos "lonches" en la repostería; largas y a veces furiosas noches de discusiones políticas; risa, cuentos y chistes para acabar el dia. En síntesis, pocos han tenido la fortuna como la de este "gringo (como me llamaban cariñosamente). He vivido momentos muy hermosos en compañia de una distinguida familia Peruana, que abrió su corazón a este afortunado extranjero y lo hizo sentirse "en casa"! Frank H. Scheme Ottawa, Ontario Canadá. Enero del 2007. |
Nuestros juegos eran distintos ! |
Don Pedro y Doña Martha Roselló |
| Allá por los años ’50 y ’60 teníamos una patota de 12 hombres y 13 mujeres en el club que ocupaba una manzana entera en Magdalena, cerca del manicomio Larco Herrera. Cercado por hermosos y altos cedros, el club era el centro de actividad familiar de fin de semana principalmente para ejecutivos de empresas Británicas en Lima y otras familias miembros del “Commonwealth”. Allí se celebraban tremendos partidos inter-club de cricket, tenis, rugby, fútbol y “lawn bowling”. Se ofrecía lecciones de baile de salón, Escocés e Irlandés. Sus 8 canchas de tenis de arcilla roja, cuidadas minuciosamente y remojadas con grandes mangueras después de cada partido, eran el orgullo del club! Sus líneas eran igualmente trazadas con sumo cuidado con tiza blanca y los hijos de los guardianes y jefes de mantenimiento, hacían de “recoge-bolas” con propinas de a sol por partido. El perdedor pagaba la ronda de cerveza. En el campo principal o “Cricket Pitch”, se llevaban a cabo los partidos dominicales del popular juego Inglés del mismo nombre. Jugado solamente por hombres vestidos de blanco, sin guantes pero con bates curvos de madera, quienes respondían con pericia a los lanzamientos del “bowler” del equipo opuesto haciendo carreras entre dos “wickets” o sea, tres palos verticales con uno palito horizontal detrás de cada bateador. Al lado izquierdo del club había el curioso campo de “lawn-bowling”; una superficie sumamente plana, de grama finísima y recortada, rodeada por una acequia donde caían las bolas mal lanzadas. Hombres y mujeres vestidos enteramente de blanco, con apuestos sombreros de paja, intentaban colocar bolas negras con pesas en ambos lados, lo más cerca posible a una bolita roja. En el “Club House” había un magnífico bar tipo “Pub-Inglés”, donde corría la cerveza y el Pisco Sauer. Al lado, un salón con mesas de billar, una cortina de humo perenne y un tufo a cigarro y aserrín. En el comedor, con grandes ventanales sobre lo campos deportivos, se servían magníficas butifarras, papas fritas y Coca Colas y para el pudiente, el Británico “roast beef” como también el clásico plato de “ceviche”. Allí nos juntábamos cada fin de semana. Algunos veníamos a pié, otros en bici, motoneta Lambretta o Vespa, motocicleta o en carro. Eramos Peruanos, Británicos, Australianos, Neoselandeses y uno que otro Sud-Africano. Se hablaba una mezcla local de Español llamado “Spanglish” y una jerga criolla típica de los escolares de aquellos tiempos. Era un magnífico club, pero le faltaba piscina así que algunos éramos también miembros del Country Club. Los camarines eran fuentes de olor a sudor, pucho y cerveza. Escenas de mucha celebración en la victoria y fuerte silencio en la derrota. Atrás se dejaban toallas, cajetillas vacías de cigarros “Inca”, zapatillas viejas, medias sucias, calzoncillos, raquetas de tenis, chimpunes con lengua y batas rotas de cricket. Durante el día los Sábados y Domingos, había mucha actividad social y deportiva y por las noches, cuando nuestra patota de juntaba en una esquina del comedor para jugar naipes y ver televisión, se escuchaba la risa, las lisuras, los chistes que venían del bar en medio de los interminables partidos de dardos. Era nuestro club y los recuerdos siguen vivos aún hoy. Frank H. Scheme Ottawa, Canadá, Marzo 2008 |
El Lima Cricket & Football Club |
| En los años ’50 y ’60 cursé mis estudios en el colegio Anglo-Peruano, o como se llamaría después, Colegio San Andrés, en la Avenida Du Petit Thouars, cerca del parque............ Era un colegio pequeño, de profesores misioneros Escoceses. Sus pasadizos de lozetas gastadas eran interminables y nuestras voces rebotaban en ellas como en un almacén vacío. Sus abundantes arcos oscuros de cemento áspero desgarraban nuestros uniformes y rasgaba nuestros brazos, cuando traviesos siempre, nos empujábamos contra ellos riendo como sonsos! Los altos del colegio era para la sección Primaria. Olía a leche y perfume. Se subía por una escalera grande a la izquierda de la entrada principal al colegio. Arriba, frente a la escalera y el pasadizo de lozas rojas y pulidas, se econtraban las oficinas de la Srta. Mackay y la Biblioteca de la Sra. MacIntosh. Hacia la izquierda el pasillo se extendía todo el largo del colegio con los salones de la Primaria de la Srta. Baca, la Srta. MacRostie, Srta. MacKenzie, el Sr. Arenas, el Sr. Arredondo y otros magníficos profesores. La planta baja pertenecía a la sección de la Secundaria. Allí, diariamente nos formábamos en los patios de concreto pulido por años de zapatos inquietos, por clase y tamaño. Yo, largo y flaco, era siempre el último. Nuestros uniformes estaban bien cuidados; pantalones con raya que cortaba, corbata super-delgada y escudo del colegio cosido sobre el bolsillo, pero algunos con las justas para poder quitarlos rápidamente cuando íban a la Matiné los Viernes por la tarde. Las ventanas eran enormes cuadros de metales cruzados para dejar pequeños cuadraditos de vidrio, semi-tranparente. Los salones con pisos de madera crujiente, barridos diariamente con aserrín, portaban largas pizarras negras, un escritorio raquítico para el profesor, y pupitres individuales abusados por muchos años de vandalismo o mejor dicho, nuestro deseo de dejar constancia de nuestro paso por el plantel. El lugar sagrado, la Dirección, se reservaba para el uso de los amonestados y castigados, o peor, la explusión! También para los profesores, distinguidos visitantes, padres de familia como también los premiados y honrados con títulos de “Prefect” y “House Captain”. Dichas oficinas guardaban reliquias del colegio; fotos de ex-Directores, Profesores y distinguidos “Old Boys: Gallardetes Pre-Militar; trofeos de plata y escudos anunciando año tras año, el nombre de los mejores estudiantes y deportistas. Nuestro Sr. Director, el Reverendo James MacIntosh, caminaba solemnemente por su dominio con su capa negra, tradición Anglo-Escocesa que se remontaba muchos siglos atrás. Nuestro Sub-Director, el Dr. Regal, tenía sus oficinas al otro extremo del edificio, junto al pequeño patio antes de llegar a la puerta falsa del colegio. Luego estaba el campo deportivo, la sección atlética y la hermosa capilla. Cuántos partidos jugamos en dicho campo, cuántas rodillas dañadas, cuántos zapatos rotos, cuántos “boches” ó “trompeadas” (peleas), cuántas salidas a excursiones, campamentos de la Unión Bíblica y cuántos ensayos de la escolta Pre-Militar para el desfile del 28 de Julio! A la salida del colegio nos esperaban los vendedores ambulantes y la penosa decisión de comprar algo para comer o tomar el ómnibus (Cocharcas José-Leal) a casa. La comida ganaba siempre! La perenne tentación de la carreta amarilla de D’Onofrio (Frunas y Bombones), los vendedores de turrón de Doña Pepa, de habas cocidas y tostadas, raspadillas, de churros, de algodón azucarado, de tubos dulces y cada cual con su lista de “fiados”. Cuántas veces caminamos a casa por la Javier Prado, pasando por la casa de Anita, con el corazón latiendo fuerte al llegar a su esquina y muchas veces la gran desilusión de no verla en su balcón. Bueno, ya pasaron casi 45 años y los recuerdos se van dispersando en la niebla pero aún quedan algunos muy queridos de mis años como estudiante en la Lima de antaño. Frank H. Scheme Ottawa, Canadá, 15 de Enero, 2008 |
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| El Colegio "San Andrés" fue fundado en 1917 por John A. Mackay (quien sería después responsable de la YMCA en Latinoamérica, y luego Presidente de “Princeton Theological Seminary”). El 13 de junio de ese año el Dr. Mackay recibió autorización para el funcionamiento de la Escuela Anglo-Peruana, que se convertiría el 12 de mayo de 1919, tras un rápido crecimiento, en "Colegio Anglo?Peruano" Posteriormente, por disposiciones legales durante la Segunda Guerra Mundial, se tuvo que dejar de lado dicho nombre, y se adoptó el actual "Colegio San Andrés". Esto sucedió en 1942. Actualmente, desde 1930, se ubica en la Av. Du Petit Thouars N°. 179, Santa Beatriz, Lima. |
Mis años de colegio en Lima |