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ALEJANDRA PARDO SCHNELL   Alejandra Pardo
Yo tengo una nieta. En el momento de escribir este cuento ella tiene 7 años; dentro de un mes
y medio, apenas, cumplirá 8... y sin embargo todavía disfruta de los cuentos y siempre me
fuerza a inventarlos para ella... y se los acuerda por meses.

Siento una cierta tristeza al darme cuenta de que dentro de demasiado poco sus amigas y muy
poco después sus amigos, sus fiestas bailables, sus competencias de natación, cada vez más serias,
sus estudios, cada vez más complicados y profundos y su vida pre-juvenil, la irán obligando a
dejar de pedirme cuentos... qué pena, quizá este sea uno de los últimos. Pero después lo
disfrutará Erik, tu hermanito menor.

Bueno Alejandra, acá va este, lo voy a empezar y espero terminarlo, pensando en ti.
Había una vez una niña llamada Ale que
tenía casi 8 años, vivía feliz, especialmente
feliz porque vivía en un circo; sí aunque te
parezca increíble...
vivía en un circo.

Su tío Leo era el dueño y además
era el trapecista mayor y su tía Titín era la
presentadora principal. Ya desde que cumplió
4 años Ale se presentaba en el trapecio...

"Y a continuación presentamos
a ustedes a Ale, la espectacular
niña prodigio"


decía la tía Titin  

"Ale intentará ahora su prueba más difícil,
el salto doble... saltará de un trapecio a otro y
en el camino dará una vuelta sobre ella misma
para luego atrapar al segundo trapecio que vendrá
a su encuentro... rogamos a ustedes muchísimo silencio... Adelante Ale"


Y el público la aplaudía con miedo y con respeto
por su corta edad y luego se quedaba en total
silencio esperando la prueba.
Ale se balanceó una, dos, tres veces en medio del silencio de todos mientras el tambor, que tocaba su amigo Jordi, redoblaba sin parar. Cuando llegó el momento preciso Ale se soltó, dio una vuelta en el
aire y estiró las manos para atrapar la barra del
otro trapecio... pero no la alcanzó por un poquito
y se cayó.

Todo el público dio un grito y sus amigos los
payasos también y su tía Titin y su tío Leo, que
estaba con su sombrero de copa negro
mirando nervioso... El grito fue de todos al
mismo tiempo.

Ale cayó en la red protectora pero no pudo evitar
que su tobillo se torciese con mucho dolor y que
de ahí en adelante no pudiese apenas caminar.

Pero fue valiente y mientras el público la aplaudía
y los payasos lloraban ella cabizbaja abandonó la escena con sus zapatillas de trapecista en la
mano y cojeando.

Ya no podría seguir trabajando en el circo, en su trapecio, hasta que el tobillo se le hubiese curado
del todo y eso era mucho tiempo.
Ale, tristísima, decidió abandonar el circo de sus queridos tíos y emprender el largo
viaje que venía postergando desde hacía varios meses, para ir a encontrar a sus padres.

Ellos no tenían una casa porque también eran dueños de un circo, un poco más
pequeño que el de sus tíos, y viajaban y viajaban de un pueblo al otro. Le habían
contado que en esos días ellos estaban en la bella ciudad de Coro y que se quedarían
allá por tres semanas.
  Decidió viajar para encontrarlos. Puso sus zapatillas de trapecista y su ropa en una mochila
   roja y luego de darle muchos besos a su    amigo Jordi, a sus tíos Leo y Titin y a sus amigos
   queridos los tres payasos, emprendió, cojeando, el enorme y quizá peligroso viaje
   hacia la lejana y bella Coro.

   Ya el primer día, en una playa desértica, se recostó en un montículo de la arena para descansar
   y se quedó dormida.

   Cuando de pronto se despertó porque sintió que la arena debajo de su cabeza se movía lentamente.
   Se incorporó rapidísimamente para darse cuenta de que había estado apoyada en una tortuga,
   grandísima pero muy muy gentil, dijo que se llamaba Conchita.

   La tortuga lentamente le hizo una seña con su cabeza gris y le permitió que se siente en
   su caparazón. Ale no lo pensó dos veces y se sentó. 

   La tortuga, más lentamente todavía, la comenzó a llevar caminando por la arena caliente.
   Ale cargaba su morralito rojo y se puso a cantar despacito.