Nunca me ha gustado dar limosna en la calle; me la han pedido mil veces
y la he dado sólo diez, quizá menos.   Pero un día estando en mi carro…



YEFERSON
Cuento


Estaba terminando la tarde, se acercaba la noche. Salí de la oficina, subí al estacionamiento, saludé al señor Peña el vigilante con su pelo blanco, vi mi carro verde en el mismo sitio de siempre. Estaba limpiecito, muy bien estacionado. Se diría que me estaba esperando, dormido, sereno y confiable.

Lo desperté desde lejos simplemente apretando un botoncito en el control remoto, las luces interiores se encendieron y dándome la bienvenida escuché el típico “bruip” que me indica que todo está listo. Abrí la puerta y me senté detrás del volante en el cómodo asiento de cuero. Cerré la puerta y arranqué el motor, lo dejé funcionar unos segundos. Encendí mecánicamente el CD, luego sentí el aire acondicionado frío en mi cara y dejé moverse suavemente al carro pensando en el tráfico que me esperaba, salí del estacionamiento y me zambullí en la calle.

Ya en el primer semáforo se acercó a la ventanilla cerrada el mismo señor de todos los días, me miró inquisitivo con su mal escrito letrerito en la mano. Yo le hice un inseguro gesto de “no” con la cara. Me parece que este señor ha creado un punto, poco menos que comercial en esa esquina y como que es casi obligatorio darle alguna moneda. Yo no lo hago. Me mira totalmente inexpresivo y sigue hacia el carro detrás de mí. Arranco con la luz verde.

Ruedo lentísimamente y me voy acercando al siguiente semáforo. Ahí está la señora vestida a la usanza de Europa del siglo 19, pañoleta en la cabeza incluida. Su actitud es casi impositiva, cada día que la veo me mira, se diría que tiene la seguridad de que es imperativo que le dé dinero…

Ella es pordiosera, es un hecho incontrovertible. Depende de mí para vivir. Yo estoy en la supuesta obligación moral de darle algo. Una vez más, por supuesto, no lo hago y trato de mirar ostensiblemente al frente para no ver sus críticos ojos observándome, ácida, antes de pasar muy oronda al próximo carro.

Entro a la autopista y se me viene encima la acostumbrada sucesión de vendedores… no debo mirar a ninguno. Películas piratas en DVD, libros best sellers, cables negros para teléfonos celulares… los vendedores ambulantes han aprendido a mirar escudriñadores los ojos y las manos de cada persona al volante de un carro. Al mínimo gesto, a la más rápida mirada al producto ofrecido, al menor gesto con las manos, el vendedor te cae encima y comienza a trotar a tu lado con su producto en la mano bajando el precio sin que tú digas nada. Yo siempre miro fijamente adelante sin hacer nada que pueda mostrarme sospechosamente interesado, y así voy pasando ileso la multicolor avalancha.

Cuando estoy a punto de entrar en Las Mercedes, rodando apenas, rodeado de autos por todas partes, veo un muchacho, casi un niño, con una mirada inteligente en sus ojos negros pidiendo la cola. Se me acerca, diría yo que tímidamente, y me mira a los ojos. No puedo evitarlo, me detengo, bajo el vidrio, él no vende nada, no parece un pordiosero. Se mantiene un poco alejado del auto.

-¿Qué puedo hacer por ti?  -le pregunto con un ligero temor a lo inesperado- entrecierra un poco los ojos, sonríe ligerísimamente y me dice:

-Si me da la cola, ¿me podría usted contar un cuento?

Se me cerró la garganta, ajusté la frente, abrí las manos soltando un poco el volante como impotente. Lo miré, me miró directo a los ojos con una mirada tristísima… ese instante duró una eternidad, yo no podía hablar. Me incliné a la derecha, quité el seguro de la puerta del copiloto, la abrí,  le hice un gesto para que entre. El dio un saltito travieso, pasó por delante del carro casi corriendo se subió a mi lado y cerró la puerta. Arranqué despacio.

-¿Me podría usted contar un cuento….. que sea de niños y animales?  -me preguntó- ¿Podría empezar con “Había una vez”? -y abrió los ojos esperando.

-Puedo intentarlo. -logré articular- pero me gustaría que tú me vayas ayudando a inventarlo, yo te cuento una parte y tú inventas la continuación y ahí donde tú lo dejes, yo lo sigo y luego tú y así hasta terminarlo. ¿De acuerdo?

-Okey… –me dijo, cambiando de posición en el asiento sentándose encima de su pierna izquierda y sonriendo con los ojos-, usted empieza.

-¿En qué me metí? -pensé-, pero puede ser interesante. ¿Hasta dónde vas? -le pregunté.

-Yo vivo cerca de Santa Fe, -me dijo-, ahí me quedo.

-Eso me da unos quince minutos, -pensé- a ver cómo empiezo.


-Había una vez  -comencé condescendiente-  un perro color marrón, con un muy buen pedigree, que vivía en una quinta muy elegante en Prados del Este. La empleada de la casa lo sacaba dos veces al día, sujeto a su correa para pasear por la vereda hasta llegar al parque. Cada día el perro, que se llamaba Duque, caminaba parando a cada momento para oler el piso, los árboles y los postes, tú sabes.

Cuando llegaba al parque quería que lo soltaran para poder correr, pero la empleada, con su uniforme blanco, no soltaba nunca la correa de cuero. Lo amarraba a un banco y se sentaba  a conversar con el jardinero del parque, se reían, comentaban cosas y se daban empujoncitos olvidándose de que lo único que quería el perro era escapar de su correa para salir corriendo.

Así era cada día, siempre igual; él jalando la correa, la chica de blanco no Duque, no Duque…. Pero un día miércoles en la tarde… tú sigues, -lo miré.

-Pero un día miércoles en la tarde… -empezó a narrar el muchachito con aguda voz fingiendo misterio-,  un miércoles en la tarde… Duque rompió la correa con los dientes y se escapó. El había visto que habían dos perros que no tenían dueño que sieeempre se sentaban en la puerta del abasto por eso se fue corriendo hasta donde ellos estaban.  Peeero los perros sueltos, cuando vieron que Duque se estaba acercando………… usted sigue, -me miró.

Levanté las cejas, como extrañado de que me volviese a tocar el turno tan rápido.

-Cuando vieron que Duque se estaba acercando… -repetí su última frase-  muy elegante y limpio, un collar ancho de cuero con hebilla dorada en el cuello, con el pelo largo escobillado y brillante, oliendo a perfume,

-Los perros no usan perfumes  -terció el muchachito.

-Es verdad, pero en esa casa, la dueña gustaba de ponerle un poco de agua de colonia detrás de las orejas para quitarle el olorcito a perro que, según ella, traía de sus aventuras en la calle. Bueno, prosigo con la historia.

-Cuando vieron que Duque se estaba acercando… -retomé el hilo del cuento-  los perros, alertas estiraron los cuellos, pararon las orejas y los pelos del lomo,  abrieron grandes sus ojos, guardaron sus lenguas y cerraron sus hocicos haciendo un ruido parecido a un gruñido pero sin separar los dientes. Duque se detuvo en seco y los miró uno por uno moviendo lentamente la tupida cola gris. 

-Poco a poco los perros se fueron tranquilizando, volvieron a sacar sus lenguas y cautelosamente a mover sus colas. Duque se sentó con ellos. Lo olieron de arriba abajo preguntándose uno al otro ¿De dónde salió este elegante cachorro? debe ser de alguna de las quintas alrededor del parque…. Tú sigues, -lo miré desafiante-, a propósito, ¿cómo te llamas?

-Yeferson  -dijo, restándole importancia y siguió con el cuento-.  Las pulgas de los perros  se fueron pasando a saltos hasta los pelos de Duque que empezó a rascarse para sacarlas de ahí a empujones, mientras el perfume de Duque se iba pasando a los perros.

Al cabo ya olían igual, ya eran amigos… ya eran iguales. Entonces se fueron a pasear por el centro de las calles, los tres juntos, caminaron y pasearon, a veces Duque en medio de los dos, a veces a un lado, oliendo el piso, los árboles y los postes, los tres moviendo las colas, echándoselas.

Sin darse cuenta llegaron al módulo de la policía que estaba en la esquina. La cachifa con el jardinero estaban ahí quejándose asustados cuando vieron a los tres perros acercándose.

-Ahí está Duque, ahí está Duque, -gritaba la mujer- y el jardinero y un policía trataron de agarrarlo, pero Duque fue más vivo y corrió hacia arriba de la calle con los otros perros. ¿Sabe usted? ya no quería que lo agarren, ya no quería regresar a la casa elegante, prefería jugar y vivir con sus amigos y ¿sabe por qué?  porque eran todos iguales. Lo malo, -siguió Yeferson imparable- es que para comer tendría que robar comida y tendría que pedir que le regalen pero nadie le regalaría nada y él estaría solo, -se quedó mirando al frente hacia la calle- pero tuviera amigos que también tendrían a veces hambre... -Se quedaron un buen rato en silencio dentro del carro.

-Bueno, -Yeferson respiró hondo- ¿Cómo sigue pues el cuento?  -preguntó.

-No sé cómo sigue la historia de Duque, -dije-  Quizá regresó a su casa en Prados del Este para que lo bañen, le den de comer y lo perfumen… Quizá se quedó con sus amigos… Quizá este cuento no tiene fin…. Si tú fueses Duque, ¿Cómo te gustaría que termine la historia? –pregunté con aprensión.

-A mí… a mí… a mí me gustaría que los tres perros vivan juntos en la casa elegante, -dijo afirmando con la cabeza, convencido y triste al mismo tiempo- ¿Y les darían comida tooodos los días? -preguntó.

-Sí, tooodos los días, -contesté a mi pesar imitándolo- pero ellos tendrían que cuidar la casa, tendrían que ser buenos guardianes, tendrían que cazar ratones en el jardín, tendrían que avisar cuando viesen algún peligro… tendrían que trabajar tooodos los días, ¿tú ves?.

-Sí, claro, claro -afirmó evidentemente convencido- si yo sería Duque fuera contento, déjeme aquí
por favor, yo vivo alláaa arriba. Gracias por el cuento, -me dijo sonriendo.

Salió, cerró la puerta con cuidado, volvió a mirarme a los ojos dos segundos desde afuera a través del
vidrio, lo vi tan lejano, tan inalcanzable, tan maduro, pero tan solo. Me sentí de repente atormentado, inquieto, abrumado... También yo, con los ojos húmedos, me sentí completamente solo.


Adolfo Pardo
2 de Mayo 2005
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